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lunes, 13 de abril de 2015

LA LOCURA DE LAS CAUSAS


Ha aparecido un nuevo estudio sobre la "esquizofrenia". El traductor de Google traduce su título así: "Patrones genómicos y redes neuronales de variación genética en la esquizofrenia en regiones evolutivamente aceleradas del cerebro humano" y hay que registrarse para acceder al full .pdf. El título ya da unas ganas enormes de leerlo. Promete una lectura amena y llena de interés. Tan amena y llena de interés como la mierda que van a leer a continuación.
 
Uno de los primeros gatos pintados por Louis Wain, el gran pintor de gatos.
Esta pintura y todas las pinturas de gatos que siguen proceden de un
artículo de Dangerous Minds
Aquí encontrarán todas sus pinturas gatunas.
 
 
El artículo habla de unos genes. Los genes estudiados en el artículo son los que pertenecen a las HAR (siglas en inglés de la expresión Regiones Humanas Aceleradas). Las HAR son un conjunto de cuarenta y nueve fragmentos del genoma humano estándar que aunque proceden de los monos ancestrales permanecieron básicamente inalterados hasta que aparecimos nosotros. Y suponemos que otras especies de homínidos. Por ejemplo: HAR1 es el gen compartido por humanos y chimpas que más ha divergido en nosotros si lo comparamos con el de los chimpas. Los chimpas son nuestros parientes más cercanos en el gran tapiz de la Vida si nos creemos esas polladas de Darwin. Tanto HAR1 como otros genes tienen un papel muy importante en el desarrollo del cerebro, sobre todo la zona conocida como corteza prefrontal. La corteza prefrontal es mucho más gorda en nosotros que en los chimpas.
 
El artículo mentado (mal) resumido dice: nosotros tenemos los cerebros muy grandes. Los chimpas, los gorilas, los macacos y en fin, los asnos tienen cerebros más pequeños. Los gorilas y los ponies y las bestias vertebradas y con alta cefalización pueden desarrollar desórdenes mentales. Por ahí fuera hay gatos obsesivo-compulsivos. Pero ninguna bestezuela padece de "esquizofrenia". Hasta donde sabemos solamente nosotros padecemos de "esquizofrenia". El artículo sugiere que la "esquizofrenia" es un hándicap que viene con los cerebros grandes. Un subproducto evolutivo no deseado de nuestros enormes cerebros. El precio que algunos de nosotros pagamos por el privilegio de tener esos cerebros grandotes y fantásticos alojados en el cráneo. Unos componen sonetos, otros diseñan puentes. Y otros oyen voces dentro de su cabeza, adolecen de un discurso fragmentado  y detectan patrones extraños que aluden a su homosexualidad en el spam de internet.
 
Es decir, la causa de la esquizofrenia son los cerebros demasiado grandes. Con cortezas prefrontales muy gordas.
 
Ahora, el meollo: una jodidamente aburrida introducción a la "esquizofrenia" y al locuelo estudio de su causa o causas. Les prometemos que va a ser horrible.
 
El inventor del término "esquizofrenia", Bleuler, conocía a Sigmund Freud y era teutón. Era discípulo de otro germano, Kraepelin, que fue el primer psiquiatra que reportó descripciones precisas de personas aquejadas de lo que hoy el DSM denomina "esquizofrenia". Aunque él, Kraepelin, la llamaba dementia praecox. En efecto. Esos tipos ponían nombres en latín a las enfermedades mentales.
 
Kraepelin & Bleuler eran una rareza en el animado panorama de la psiquiatría teutónica del siglo XIX. Estos psiquiatras comedores de chucrut tendían a creer que la mente era una cosa generada por el cerebro, y que las afecciones de la mente (verbigracia, oír voces que no vienen de ninguna parte) eran afecciones cerebrales. Muy positivista todo. Pero K no soportaba ver cosas por el microscopio y Bl, con un par, reseñó positivamente Studen über Hysterie de Breuer & Freud. En ese libro Br & F dicen que la causa de la histeria es psicológica, no neurofisiológica.
 
Pese a estos indicios de su manera de pensar, ni K ni Bl se pronunciaron sobre las causas de las enfermedades mentales. Eran agnósticos respecto a las causas. Como no se podía ver ni tocar con un bisturí ninguna afección en el cerebro de los "esquizofrénicos", ni K ni Bl se pronunciaron sobre la causa de esa enfermedad mental. Se limitaron a escribir case reports sobre sujetos y sujetas que la sufrían, sin entrar en la causa, resistiendo heroicamente al impulso de la especulación. Sus casos escritos se leen con provecho todavía hoy. Aunque son del siglo XIX, eso hay que tenerlo en cuenta. "Les presento ahora a una mujer que sufre una forma precoz de demencia; su nivel intelectual es bajo pero se comporta como una tirana con sus allegados", o "ese joven recae sin cesar en el vicio del onanismo" son observaciones que podemos encontrar en los textos de K y Bl.
 
Bien. Pero aunque estos dos psiquiatras fueran agnósticos respecto de las causas, otros no lo eran. Por ejemplo, los psicoanalistas. Los psicoanalistas solían prescindir de la prudencia académica. Los psicoanalistas creían que tenían en su poder la llave que abre la puerta del Inconsciente. Y en el Inconsciente estaba la causa de todo.

Por Louis Wain, todavía
 
 
Además, para acceder al Inconsciente solamente tenían que escuchar a la peña neurótica/histérica y luego sentarse en un sofá, o en un sillón, o pasear por un parque vienés, y rumiar sobre lo que habían escuchado. Nada de microscopios. Todo lo más lápiz y papel y una buena guía de los mitos griegos.
 
El mismo Papa Freud especuló sobre las causas de la "esquizofrenia", aunque él usaba con bastante liberalidad términos como "narcisismo", "paranoia obsesiva" y a veces "demencia precoz" en honor a Kraepelin. Su estudio más completo sobre el tema es el del alcalde Schreber. Su conclusión es que la "esquizofrenia" puede tener su origen en la represión de deseos homosexuales inconscientes. Aunque tuvo la prudencia de admitir que psicóticos desencadenados como el alcalde Schreber estaban un poco fuera de sus métodos.
 
Los continuadores de la obra freudiana a veces no fueron tan prudentes. Una continuadora de la obra freudiana llamada Frieda Fromm-Reichmann elaboró toda una teoría psicoanalítica sobre las causas de la "esquizofrenia" y la consideró definitiva. Grabada en la piedra e irrefutable, dicha teoría dice que los "esquizofrénicos" se explican porque en su infancia han sido hijos de madres "esquizofrenogénicas".
 
Las madres "esquizofrenogénicas" son madres frías, distantes, que no atienden a sus pequeños con la dulzura maternal debida.
 
Puede ser que Frieda Fromm-Reichmann confundiera consecuencias con causas. La "esquizofrenia" suele manifestarse a temprana edad. A temprana edad el discurso de los "esquizofrénicos" presenta notables y anómalas diferencias con respecto al discurso de los no "esquizofrénicos". Los jóvenes "esquizotípicos" (con síntomas precoces de "esquizofrenia") son difíciles de cuidar, y en ocasiones, nos tememos, hasta de hacerse querer, y eso podría moldear la conducta de la madre. Es decir, la madre es distante porque su retoño es "esquizofrénico", y no al revés.
 
Hubo gente que empezó a decir que la causa de la "esquizofrenia" no tenía nada que ver con movidas materno filiales, sino que era biológica. Esto era anatema para la sección más dura de las escuadras psicoanalíticas. El Inconsciente no está hecho de neuronas, sino de deseos reprimidos, complejos guarros y todo tipo de mierda psicológica indetectable al microscopio. Así que no jodamos.
 
Uno de los primeros en tirar por la senda de la causa biológica fue el psiquiatra Franz Josef Kallmann. En 1949 realizó un estudio sobre la heredabilidad de la "esquizofrenia" usando seiscientos noventa y un gemelos (idénticos y mellizos) del estado de Nueva Jersey. El resultado fue el siguiente. La heredabilidad en gemelos idénticos era del ochenta y seis por ciento, y del dieciséis por ciento en los mellizos.
 
Luego era evidente que había un factor biológico en la "esquizofrenia".

La mente de Louis Wain se desvanece
 
 
Kallmann fue abucheado durante su exposición de los resultados del estudio durante el Congreso Mundial de Psiquiatría de 1950. Básicamente porque sus conclusiones (factor biológico evidente en la "esquizofrenia") les sentaron como una patada en los huevos a algunos de los psicoanalistas presentes. Algunos de los psicoanalistas presentes afirmaron que Kallmann estaba reprimiendo deseos inconscientes y que su madre le maltrataba. Algunos de los psicoanalistas presentes llamaron a Kallmann "nazi".
 
Kallmann era judío y había huido de Alemania en 1935.
 
Basta de psicoanalistas. Como dice Hannibal Lecter en la serie que le han hecho, el psicoanálisis es una religión muerta. La opinión de Hannibal Lecter es definitiva. Los materialistas iban a tener su momento de gloria dogmática. En este caso llevados de la mano de la genética del comportamiento. Sí. Llegaba el momento del gen, del gen como inmutable heraldo del Destino.
 
La "esquizofrenia" es heredable en un grado significativo. En las sociedades occidentales, los diversos estudios afirman a grosso modo que la heredabilidad es del ochenta por ciento. Es un asunto familiar.
 
Un famoso estudio abrió la veda en la búsqueda del gen de la "esquizofrenia". Se realizó en Islandia en 1988, tomando como sujetos a "esquizofrénicos" islandeses y a sus familias. El estudio afirmó haber encontrado la causa de la "esquizofrenia" en un trozo del cromosoma cinco. Del mismo modo que algunos psicoanalistas pensaron haber encontrado la causa en una madre distante, y algunos antropólogos rojeras en el capitalismo o en una fantasía social colectiva, muchos genéticos de la conducta señalaron el cromosoma cinco y dijeron: "Ahí lo tenéis".
 
Pero hay problemas.
 
Nadie ha podido reproducir los resultados del estudio islandés de 1988. Un extraño asunto. Algo huele a podrido en Islandia.
 
Porque aunque parece evidente que los genes tienen un papel esencial en la génesis de la "esquizofrenia", dicho papel es complejo. Lioso. Oscuro. Lo de Islandia fue un anuncio prematuro. No hay solo gen localizado en un solo cromosoma que cause la "esquizofrenia". La "esquizofrenia" no es como la corea de Huntington (antes conocida como "baile de San Vito"), que es una enfermedad puramente genética cuya causa está en la expresión errónea del gen HTT/IT 15 del cromosoma cuatro. Con la "esquizofrenia" no es tan fácil.
 
Hoy sabemos que hay marcadores de la "esquizofrenia" en genes de casi todos los puñeteros cromosomas.
 
No obstante, los creyentes en las causas biológicas no tiraron la toalla. El siguiente sospechoso fue el neurotransmisor llamado dopamina. La cosa se originó con el descubrimiento de una sustancia química llamada clorpromazina (Thorazine). Esa cosa fue el primer antipsicótico neuroléptico. Tranquilizaba a los "esquizofrénicos". La clorpromazina interviene el sistema del neurotransmisor dopamina. Actúa inhibiendo la captación de dopamina en las sinapsis. La dopamina es un despertador de neuronas: si entra en una, la activa. Y luego esta neurona activada envía dopamina a otras neuronas que a su vez se activan a otras que envían dopamina etcétera. Es un proceso en cascada. En los cerebros de los "esquizofrénicos" hay demasiada dopamina circulando, y se activan demasiadas neuronas.

Louis Wain, fuera de la realidad
 
 
Los buscadores de la causa de la esquizofrenia hicieron el siguiente razonamiento. La clorpromazina inhibe la circulación de dopamina. La gentil clorpromazina inhibe los síntomas psicóticos. Por el contrario, otras sustancias como las anfetaminas o la cocaína estimulan la circulación de dopamina. Dichas drogas malas agravan malamente los síntomas psicóticos. También pueden inducirlos. Por lo tanto: la dopamina es el factor clave. Ergo los genes que controlan la generación de receptores de dopamina en las sinapsis son el factor clave, y por lo tanto, ahí se esconde la causa de la "esquizofrenia".
 
Parece una conclusión muy válida.
 
Que no ha recibido respaldo empírico aplastante, sino más bien lo contrario. 
 
Hay cinco tipos de receptores de dopamina en nuestras neuronas. Se llaman D1, D2, D3, D4 y (¡sorpresa!) D5. Hay genes específicos para cada receptor.
 
Algunos estudios mostraron que algunos "esquizofrénicos" presentan receptores D2 y D3 defectuosos, pero eso no se aplica ni a la mitad de los casos. Posiblemente los genes para D2 y D3 jueguen algún papel, pero no es un papel protagonista. Un problema es que los antipsicóticos como la clorpromazina inhiben la captación de dopamina en el receptor D4, no en el D2 o el D3. Otro problema es que los genes para los receptores D2 o D3 se sitúan en los escasos cromosomas que no tienen marcadores de "esquizofrenia" según los estudios hereditarios.
 
Cuando se comete un crimen, el detective busca la pistola humeante. En el caso que nos ocupa, no había pistola humeante, sino más bien una foto borrosa de lo que podría ser una pistola. O un sonajero.
 
Posteriores estudios de una exhaustividad incomparable y por desgracia bastante inútil hechos con cortezas prefrontales de "esquizofrénicos" muertos complicaron todavía más el panorama para los tenaces buscadores de la causa genética. Ciertos genes, como un grupo de siete que están implicados en los "procesos secretores presinápticos", sea lo que sea eso, o el gen RGS4 relacionado con el estrés, y muchos más, se asociaron con la "esquizofrenia" y se fueron sumando a la lista cada vez más larga de genes de la "esquizofrenia".
 
Pronto surgió una vía de investigación que pasaba de los genes.
 
Lo que la historia de la búsqueda de la Causa de la "esquizofrenia" nos enseña, si es que nos enseña algo, es que las historias de ese tipo oscilan entre extremos, como un péndulo. Los extremos del péndulo metafórico son la Naturaleza y el Ambiente. Cada extremo tiene sus defensores. En ocasiones actúan de modo acerbo y dogmático, como si fueran miembros de una secta apocalíptica medieval. Otras veces el compromiso es más laxo, como preferir los granizados en vez de los helados, y se puede jugar en ambos extremos o en un punto intermedio. Dado que la búsqueda de la Causa biológica de la "esquizofrenia" parecía conducir a un embrollado callejón sin salida, las posibles causas ambientales empezaron a captar la atención de muchos investigadores curiosos.
 
El caso es que de una madre fría y distante se pasó a los virus.
 
Un doctor llamado Sarnoff Mednick expuso la hipótesis de que una infección viral grave, como una gripe severa, de una madre embarazada predispone a su bebé a padecer "esquizofrenia". Veamos cómo se le ocurrió esta movida.
 
Mednick partió de estudios con gemelos idénticos muy puntillosos que revelaban que un ~50 por ciento de los gemelos padecían "esquizofrenia" si su hermano también la sufría. De ahí le vino a Mednick un pálpito. Su pálpito era que el riesgo (entendido como riesgo estadístico) de padecer "esquizofrenia" es en parte genético y en parte ambiental... noticia con barba.
 
Se enteró de un estudio hecho en Copenhague en 1988, el mismo año que el infausto estudio islandés del cromosoma cinco. El estudio afirmaba que los "esquizofrénicos" de Copenhague nacían con más probabilidad en invierno que en verano. Eso parecía un hilo del que tirar. Mednick fue a Copenhague a tirar de ese hilo y empezó a estudiar los historiales médicos de embarazadas de Copenhague. Descubrió que había una correlación entre aumento de partos de niños "esquizofrénicos" y una gripe severa en el año 1957. Las infecciones gripales ocurren más en invierno que en otoño que en primavera que en verano. Aquí parecía haber un patrón. Y ya saben lo que pasa con los patrones: donde hay patrones pueden haber causas escondidas.
 
La Causa es esquiva.
 
Permanece en la sombra. Hablamos de causa en sentido total, aristotélico de causa eficiente: A causa B. ¿Qué es A?

A es un montón de cosas raras. Genes islandeses, embarazadas danesas, madres distantes, dopamina, deseos homosexuales de alguna forma reprimidos. Todos estos factores interaccionan entre sí de manera inescrutable. Algunos se desechan, otros se olvidan y posteriormente resurgen. A veces unos están de moda, luego otros. Un puto lío. 
 
Y no nos olvidemos de la reelina. La reelina es una proteína que en mamíferos es fundamental en el desarrollo del cerebro, sobre todo en la formación de las espinas dentríticas. Las sinapsis se sitúan en esas espinas dentríticas. Los "esquizofrénicos" tienen sinapsis defectuosas. No captan correctamente la dopamina. Sueltan asimismo un exceso de dopamina. Por cierto, si alguien inyecta en sus cerebros una cantidad excesiva de dopamina es posible que tengan alucinaciones paranoicas y que una voz les susurre cosas en el interior de su cabeza, aunque no hayan sido diagnosticados de "esquizofrenia" y tengan una vida normal y productiva en sociedad. Curiosamente, es posible que el chute de dopamina también les haga sentir a Dios.
 
En 1998, cuando alguien inyectó virus de la gripe en una rata de laboratorio para ver qué pasaba (la maravillosa curiosidad humana: una de las características definitorias de nuestra especie y, junto con nuestra capacidad para fabricar vodka, la más admirable) ocurrió que esa rata parió ratitas con la reelina fastidiada.
 
Lo que es un espaldarazo a la hipótesis vírica de Mednick. Parece claro hoy que el virus de la gripe es un factor coadyuvante de la "esquizofrenia", siempre que exista una base genética. Últimamente se han propuesto otros parásitos que hacen cosas chungas en los cerebros como coadyuvantes de la "esquizofrenia", cf. el simpático bicho de los gaticos Toxoplasma gondii, del que ya hemos hablado en este blog.
 
Otro factor ambiental que se ha tenido en cuenta es la dieta, pero esto ya es demasiado largo y es demasiado tarde. Que le den a la dieta.
 
Resumiendo: el estudio citado al inicio de esta perorata no es más que el último capítulo de una historia larga, desconcertante y huérfana de certezas. Imperan la duda exasperante y las zonas de sombra: ni siquiera hay un acuerdo universal sobre lo que es realmente la cosa llamada "esquizofrenia". Incluso los hay que niegan su existencia. Básicamente la movida de las Regiones Humanas Aceleradas es una vuelta a los genes como causa. Y propone una perspectiva evolutiva de le enfermedad, una perspectiva que a nosotros nos deprime más que otra cosa. Porque sugiere que nuestra posición envidiable como los más avanzados hijos del Creador tiene como contrapartida la locura.

El último gato que pintó Louis Wain.
Observen la firma.
Se considera que el artista padeció "esquizofrenia",
aunque ese diagnóstico está en disputa.
Se especula con que su psicosis se vio acelerada por
la interacción con el parásito Toxoplasma gondii
 
 
 
 
Este post está dedicado a Matt Ridley y su libro Qué nos hace humanos, que en uno de sus capítulos dice lo mismo que aquí porque está cortapegado.
No plagien.
Lean a Matt Ridley.
 
 
 
 
 
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sábado, 7 de junio de 2014

NEURONAS ESPEJO, SECRETO JARDÍN

En los últimos años, un descubrimiento fisiológico en cerebros de macacos se ha ido convirtiendo poco menos que en el Santo Grial de las explicaciones neuromecanicistas del comportamiento humano, sobre todo del comportamiento emocional humano, si es que eso tiene sentido. Se trata del "sistema de las neuronas espejo" o  neuronas especulares, que dicen en la Wikipedia.
 
Son unas neuronas que presumiblemente activan comportamientos de imitación en macacos.
 
¡Las neuronas espejo también explican el contagio de los bostezos!
 
Sí: es un dato bastante curioso. Y puede que tenga cierta importancia. Por ejemplo, en este blog, de los muchos que se han hecho eco del asunto, hablan de ello.
 
No dice nada malo. Los datos de inicio, por lo que hemos podido averiguar, son correctos. Pero permítannos llamarles la atención sobre el párrafo que dice: Además, las neuronas espejo, desempeñan un papel fundamental en la psicología, en lo relacionado con la parte comportamental, como es la empatía, el aprendiza[je] por imitación, la conducta de ayuda a los demás, etc. demostrando una vez más que somos seres sociales. Añadamos que las neuronas espejo se han aducido como la clave que nos explicará las causas del autismo.
 
Aquí es donde la autora del blog, en nuestra opinión, puede estar equivocada. No obstante, creemos que ese posible error no es culpa suya. Creemos, es más, estamos absolutamente convencidos, de que ese posible error ha sido causado por el punsetismo. Si tienen ganas, pueden echar un vistazo a este vídeo, en el que el insigne Eduard Punset  perora sobre las puñeteras neuronas espejo y todas las maravillosas implicaciones que tienen para nuestra comprensión de lo chachi-piruleta que es la mente humana.
 
Abundando todavía más en los "fantásticos poderes" de las neuronas espejo tenemos a la vástaga de Punset. Elsa, en los diversos foros mediáticos que tiene a su alcance, no se cansa de repetir alegres y tranquilizadoras consignas sobre la "empatía" apoyándose en, ejem, ¡unas imágenes de resonancia magnética obtenidas del tejido cerebral del lóbulo de un macaco y un par de experimentos de imitación! (experimentos que llevan haciéndose desde principios del siglo XX). En este blog del periódico ABC pueden leer la doctrina de Elsa desencadenada. Dejando de lado el dibujo de Elsa y el león, verán un resumen del tinglado de la "inteligencia emocional", una rama de la Venta de Humo (en nuestra opinión) que se centra en los supuestos beneficios que se originan al "gestionar" nuestras "emociones". Elsa Punset, apoyada por el prestigio que tiene su padre, un prestigio que le convierte en la fuente número uno de información sobre ciencia en Hispanistán, se lucra con estas cosas raras. Así de simple. Cobra dinero por decirle a la gente, entre otras cosas, que la "capacidad para ponerse en el lugar de otras personas" procede de "nuestras neuronas espejo", que han supuesto una "revolución" en la "comprensión científica de la mente" (no son palabras exactas de Elsa; lo entrecomillamos porque probablemente sean chorradas. La verdad es que estamos siendo bastante chungos. Lo sentimos).
 
Pero no es tan sencillo. Por favor, echen aunque sea un somero vistazo a este artículo, publicado por los Institutos de Salud de Estados Unidos online y gratis. En dicho artículo, un artículo realmente científico revisado por pares, un neurofisiólogo llamado Gregory Hickok repasa la historia del descubrimiento del sistema de neuronas especulares en macacos y su posible importancia en seres humanos, y llega a esta conclusión: la importancia en macacos es problemática, y en humanos no está demostrada. Afirma asimismo que la importancia otorgada al sistema de neuronas espejo es como poco altamente especulativa, y adolece de la comprensible necesidad de las personas de encontrar una explicación única y omnicomprensiva a problemas muy complejos, en este caso, cómo actúan los mecanismos de la imitación en simios y el hecho de que la imitación pueda ser el origen de los comportamientos. O en otras palabras, lo que viene a decir es: "Aún no sabemos casi nada, es preciso investigar más".
 
Hickok no dice mucho sobre "empatía" o "gestión de emociones". No habla de "revolución científica". No nos dice lo que tenemos que hacer para ser felices y vivir una vida plena, porque no lo sabe. No afirma que un experimento ha demostrado que somos "seres sociales". Se limita a exponer las evidencias, y separa las evidencias de las hipótesis, y dada una hipótesis (que las neuronas espejo pueden aplicarse a seres humanos) ofrece datos que la contradicen. Se limita a hacer su trabajo. Claro que es evidente su escepticismo hacia dicha hipótesis, pero fundamenta ese escepticismo. Es honesto intelectualmente, o eso creemos.
 
O quizá suscriba otra teoría sobre la mente o el cerebro, y eche pestes sobre las neuronas espejo por una mera cuestión "emocional".
 
Pero no lo creemos. No queremos ser dogmáticos, ni soberbios, pero consideren el abismo entre la verdadera investigación y lo que nos venden como "descubrimientos trascendentales" en los así llamados "medios de comunicación de masas". Internet, la tele. Hay una tendencia a la hora de comunicar un descubrimiento científico (en el campo de la neurociencia y muchos otros), a 1) ignorar por pereza, desconocimiento o mera prisa las complejidades del tema; 2) obtener un titular rimbombante (LAS NEURONAS ESPEJO EXPLICAN LA EMPATÍA, por ejemplo) que desvirtúa por completo el trabajo realizado y se convierte en lo que nosotros, el gran público, conocemos por defecto; y 3) lo que es peor, se da carta blanca a los vendedores de aceite de serpiente para que se forren con un popurrí que "suena bien" basado en simplificaciones y en datos no concluyentes.
 
Joder, ni siquiera sabemos qué hostias es la "empatía", si es que es algo más que una palabra vacía para designar lo que nos salga de los cojones.

jueves, 29 de mayo de 2014

R.E.M.

 
uam.es
 
En los años 50 un tipo llamado Eugene Aserinsky encontró un electroencefalógrafo (a partir de ahora, EEG) averiado en el sótano de la Universidad de Chicago. Aserinsky, bueno es saberlo, estaba interesado en el estudio científico del sueño humano.
 
En esa época, los sabios pensaban que el cerebro simplemente se desconecta cuando nos vamos a la piltra. Era cosa sabida, preguntaras a quien preguntases: se suponía que durante el sueño las neuronas no exhibían ningún comportamiento especial, y que solamente debía tenerse en cuenta el chisporroteo automático de aquellas que se encargaban del mantenimiento vital. Dormir era como recargar el móvil. Claro está que esta analogía no estaba disponible en la década de 1950, pero esa es la idea. Quien pensara lo contrario podía ser tildado de aventurero intelectual, o peor incluso, de freudiano.
 
Datos: Aserinsky era pobre como una rata. Vivía en un piso alquilado del extrarradio, no tenía calefacción y apenas le daba para dar de comer a su mujer y a su hijo, Armond. En el plano académico, su interés en la psicología del sueño no le reportaba ni aprecio ni financiación: nadie daba un duro por lo que se consideraba una vía muerta de investigación. Era un aventurero intelectual, ya que era conocido por sus ideas heterodoxas, su escasa paciencia y lo errático de sus intereses.
 

Aserinsky logró recomponer el EEG y pensó en usarlo para medir la actividad eléctrica de los cerebros durante el sueño. Colocó un anuncio en la puerta de su despacho, en el que pedía voluntarios para someterse a una monitorización de los períodos de sueño mediante el estudio de las ondas cerebrales por medio de EEG, una solemne concatenación de palabras que encubrían lo que era básicamente un disparo a ciegas. Solamente se mostró interesada una estudiante de fisiología; la cual, al ver el aparato y los treinta y siete electrodos que debía colocarse entre su cuero cabelludo y su nuca, preguntó que cuánto se le iba a pagar. Aserinsky fue sincero y le contestó que no había financiación por parte de la universidad, y que él por su parte no tenía dinero, de modo que la participación en el estudio era por amor al arte y a la ciencia. La estudiante de fisiología no se lo pensó mucho. Dijo que nanay.
 
Después de un año y desesperado, Aserinsky se llevó el EEG a su casa, y tras hablarlo con su mujer y su hijo, se dispuso a colocar los electrodos en la cabeza de Armond.
 
4 de diciembre de 1951. La familia Aserinsky cena y luego hijo y padre van al dormitorio, en cuya mesita de noche hay un armatoste de casi un metro de largo, envuelto en largas tiras de papel de impresión amarillento y del que cuelgan treinta y siete cables de diversos colores terminados en discos "sucios". Eso sin contar la maraña de cables que entran y salen esotéricamente por todas partes. La máquina parece un cruce entre un aparato de tortura klingon y una impresora steampunk, pero el muchacho ríe encantado mientras su papá coloca cuidadosamente los electrodos en su cabecita. Luego arrastra el EEG fuera del dormitorio y da las buenas noches a Armond.
 
El chaval se duerme pasada una hora. Aserinsky sale del dormitorio sin hacer ruido y lleva el EEG  a su despacho, arrastrándolo cuidadosamente por el suelo. Las doce agujas terminadas en depósitos de tinta trazan lentas y plácidas ondas de las que se denominaban "alfa", y que los científicos consideraban el epítome del soñar: una lento, plácido, sosegado intermedio que preparaba el cuerpo para el frenesí sensorial de la vida despierta. Conforme pasan los minutos, el psicólogo empieza a convencerse a sí mismo de que todo aquello es una pérdida de tiempo y que, a fin de cuentas, el director de su tesis de posdoctorado y los colegas de la facultad tienen razón. No había nada interesante que decir sobre el sueño. Nada que rascar. Ha elegido una vía muerta y se va a morir de hambre.
 
Pero aproximadamente a los cuarenta minutos de haberse dormido su hijo, las agujas empiezan a moverse de otra forma. Aserinsky se frota los ojos. Ahora aquello es una fiesta: las ondas han adquirido un matiz frenético, picudo, de alta frecuencia,  que el psicólogo, aturdido, confunde con la actividad cerebral de un cerebro en estado de vigilia. Pensando que Armond se ha despertado (no es fácil conciliar el sueño con una maraña de electrodos conectados a la cabeza y con una máquina chirriando e imprimiendo en el pasillo, a pocos metros) Aserinsky entra en el dormitorio de su hijo y lo llama en voz baja. No hay respuesta. Se acerca a la cama con cuidado de no pisar los cables. Armond está profundamente dormido. Se acerca más. Vuelve a pronunciar su nombre. Nada: de verdad que está dormido.
 
Bajo las persianas de los párpados, los ojos de Armond se mueven como a espasmos en las cuencas.
 
Aserinsky no se fía. Es probable, piensa, que haya hecho una lectura errónea y que el extraño movimiento ocular sea un fantasma, porque ahora ha dejado de producirse. De modo que interrumpe el experimento en ese punto y reúne en un barullo los cuatro metros de gráficas con ondas, que pliega e introduce en una caja. Luego despierta a su hijo y le retira gentilmente los electrodos. Charla un rato con él (el niño parece que ha tenido un sueño muy extraño y que recuerda sorprendentemente bien, pero su padre se siente un poco culpable por las molestias que le está causando e insiste en que vuelva a dormirse) y cuando por fin Armond consigue caer de nuevo en brazos de Morfeo, lo deja tranquilo. Se pasa el resto de la noche revisando el EEG. No parece haber nada raro, pero él es psicólogo, no ingeniero eléctrico. A la mañana siguiente lleva máquina y caja al despacho de su director, Nathaniel Kleitman. Este hombre, con tacto, indica que no pueden sacarse conclusiones válidas de un estudio tan inusual y fuera de los estándares de laboratorio, e indica amablemente que lo más seguro es que el EEG le haya gastado una broma a Aserinsky. No es raro con ese tipo de aparatos, tan sensibles y complicados, dice.
 
Los dos, Aserinsky y el director, revisan una vez más el EEG. Lo prueban por turnos. Y lo cierto es que parece que funciona correctamente.
 
Ahora Kleitman vuelve a mirar la gráfica y señala con el dedo el lugar donde las ondas alfa pasaron a convertirse en otra cosa. Escucha de nuevo la narración que hace Aserinsky de lo sucedido la noche anterior. Asiente con la cabeza. Le dice a su pupilo que no estaría de más repetir el experimento. Y aquí tenemos otra vez al niño Armond con la maraña de electrodos, y a Aserinsky revisando gráficas en su despacho, pero ahora Kleitman está con él, con una cafetera de café cargado preparada por la mujer del joven psicólogo en la mano y posiblemente comiendo algo, quizá un trozo de tarta de manzana.
 
Dramatización: las gráficas oscilan locamente y los dos hombres entran en el dormitorio que comparte toda la familia. Debe hacer frío: Chicago en diciembre es muy frío. El director toma nota del niño plácidamente dormido, de los ojos en movimiento bajo los párpados, y se vuelve hacia Aserinsky y le susurra: "Eugene, aquí hay algo". La música sube de volumen: un soñador de la ciencia es vindicado por la vieja guardia. O así sería en una novelucha. En realidad, es muy posible que ambos hombres estuvieran jodidos de sueño y con ganas de tirarse largos en una cama.
 
Y entra el dinero. Aserinsky se hace con un aparato nuevo y somete a varios voluntarios (ahora entusiastas) a una monitorización de la actividad eléctrica de sus cerebros mientras soban en condiciones controladas de laboratorio. El patrón de ondas eléctricas de Armond se repite en todos los casos. Y se añade el hecho de que, en casi todos los casos, si se despierta al voluntario durante la fase de ondas locuelas, éste refiere haber tenido un sueño. El fenómeno ocular también se produce universalmente: Aserinsky  lo bautiza como movimientos oculares espasmódicos en un primer momento, pero tras hablarlo con el director, cambia  espasmódicos por rápidos, ya que a ambos les incomoda la connotación patológica de la palabra "espasmódico".
 
Movimientos oculares rápidos. En inglés, rapid eye movements. O sea, REM.
 
Una vez reunido un buen cuerpo de resultados, Aserinsky y su director publicaron un artículo titulado "Regularly Occuring Periods of Eye Motility, and Concomitant Phenomena,During Sleep" ("Períodos de motilidad ocular de ocurrencia regular y fenómenos concomitantes durante el sueño") en abril de 1953.  Se puede afirmar que es uno de los trabajos más importantes de la psicología del siglo XX. En primer lugar, derriba la idea de que dormir es una mera desconexión de la experiencia vigil: dentro del cerebro pasan cosas mientras se duerme. Cosas fascinantes, como las pesadillas y las alucinaciones con súcubos y el sonambulismo. Y en segundo lugar, abrió todo un nuevo campo de estudio. Tras Aserinsky, multitud de psicólogos, neurofisiólogos y psiquiatras de todo el mundo se lanzaron a explorar el misterioso teatro de la noche armados con aparatejos que traducían la singular experiencia del soñar en líneas trazadas sobre una hoja de papel. Y todo eso gracias a un crío de ocho años.
 
Aserinsky siguió siendo un aventurero intelectual: tras ser el primer ser humano en poner un pie metafórico en el inmenso y neblinoso País del Sueño, se dedicó a estudiar los efectos de las corrientes eléctricas en los salmones.
 
 
 
 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
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sábado, 25 de enero de 2014

HISTORIA DE LA LOBOTOMÍA PARA DUMMIES

Desde hace mucho tiempo han existido dos grandes corrientes en la psiquiatría y la psicoterapia. Los hay, como Freud y los psicoanalistas, que piensan que la enfermedad mental responde a un problema, conflicto, déficit o similar en la mente. En otras palabras, la enfermedad mental, aunque puede tener un sustrato patológico en la estructura física del cerebro, en última instancia ha de curarse actuando sobre la mente. Esto puede hacerse de muchas maneras: podemos hacer asociación libre y liberarnos de ideas reprimidas y así curarnos de una neurosis; o podemos acudir a salas donde todo el mundo se ríe a carcajadas locamente mirándose entre sí con ojos que dicen MATADME POR FAVOR y llamar a eso risoterapia, por ejemplo.


¿Gente mentalmente sana o maniacos homicidas?
Siempre quedará la duda.
 
Pero los que apoyan la otra tendencia radican todo trastorno mental en la estructura física de la nuez carnosa que tenemos en la cocorota. Esta tendencia es propia de neurobiólogos, neuroanatomistas, neurofisiólogos y otros expertos en la susodicha materia cerebral sensu stricto. Para muchos de ellos, nos tememos, algo como la mente no existe. Solo existe aquello a lo que se pueda llegar con el bisturí.
 
Herr doktor Gottlieb Buckhardt pertenecía a la tendencia número 2. Era superintendente de un hospital psiquiátrico suizo y estaba hasta las pelotas de un grupo de pacientes esquizofrénicos que no dejaban de comportarse como unos auténticos burros. Les propinaban golpizas a otros internos y a los celadores, dábanse cabezazos contra las paredes en una época en la que el concepto de Habitación Acolchada no era universal y aullaban a la luna. Inaguantable. De modo que un buen día de 1890 GB cogió a 6 de los más problemáticos y los ató con recias correas a sendas camas. Luego practicó unos agujeros en sus cráneos con un aparato similar al sacacorchos que utilizaría un cenobita de Hellraiser para abrir la botella de vino tinto en el Infierno, y les extrajo trozos de sus lóbulos frontales. Esperemos que utilizara algún tipo de anestesia, aunque se tratara de cloroformo. Le pareció que había hecho bien, ya que aunque 2 de los sujetos murieron (quizá GB les había extraído demasiado lóbulo frontal) los otros cambiaron radicalmente de comportamiento. De hecho, hasta carecían de comportamiento. Si GB hubiera sido un bokor haitiano los habría llamado zombis.


Un cráneo con evidencias de trepanación buckhardtiana.
Cortesía de Asylum Science.
 
 
El buen doctor decidió publicar su hallazgo en una prestigiosa revista médica centroeuropea. No obstante, y para su estupefacción, casi todo el mundo se le echó encima, le puso verde y le llamó de todo menos bonito. Por ejemplo, mutilador de cerebros. Hubo un puñado de visionarios que emplearon el método en instituciones mentales colapsadas, pero eran mayoría los médicos que pensaban que aquello era muy chungo, joder.
 
Sin embargo, la idea de sosegar seres mentalmente perturbados mediante manipulaciones bizarras de su materia gris echó débiles, pálidas raíces. Y en 1935, un neurocirujano de la universidad de Yale llamado doctor John Fulton decidió aplicar el tratamiento burkhardtiano a sus chimpancés, unos animales incorregibles que eran el terror del laboratorio de la Facultad de Medicina de la universidad de Yale y que, como chimpancés que eran, no soportaban verse encerrados en jaulas diminutas, mordían los dedos de los cuidadores, robaban comida y arrojaban sus meados y cagadas a la cara del doctor John Fulton. Fulton llamó a su operación leucotomía y se congratuló al comprobar que los putos monos se habían convertido en unos seres apáticos, imperturbables, que se dejaban viviseccionar tan ricamente. Tan entusiasmado estaba Fulton que decidió exhibir a algunos de ellos en un congreso de Neurocirugía que iba a celebrarse en Londres.
 
A ese congreso acudió la crème de la crème de la luminosa elite de mutiladores de cerebros a nivel global. Por ejemplo, ahí estaba el insigne Iván Pávlov, a quien hasta los niños de preescolar de Noruega conocían por sus divertidos experimentos con perros babosos y campanillas. También acudieron dos estrellas en ascenso del neuropanorama de los años treinta del pasado siglo. La estrella venida de Portugal se llamaba Egas Moniz y la estrella venida de Norteamérica se llamaba Walter Freeman. Ambos quedaron fascinados con los chimpancés de Fulton; ambos decidieron llevar a cabo leucotomías con sus propios pacientes humanos en sus propios sanatorios mentales.


Iván Pávlov posando como lo que era:
una superestrella.
 
 
Antes de los puñeteros chimpancés, las locas y los locos habían sido tratados con electrochoques; y antes de eso con lavativas, sanguijuelas, manguerazos de agua fría y grilletes; y antes todavía se les arrojaba en agujeros para que se pudrieran o se les pegaba fuego por herejes. Moniz y Freeman, naturalmente, y como hombres de mentalidad ilustrada y nobles sentimientos que eran, consideraban bárbaros estos procedimientos y querían mejorar las cosas. Es curioso que pensaran que la técnica Burkhardt-Fulton no fuera bárbara sino más bien la octava maravilla, pero los enamoramientos son así: irracionales (y estamos hablando desde el pedestal biempensante que se alzó gracias al Valium). Moniz, por ejemplo, nada más regresar a su patria adoptó un marchoso lema para la Nueva Era de la Neurocirugía:
 
NÓS DESTRUÍMOS PARA CURAR
 
 
, y puso en práctica la leucotomía en cuanto tuvo ocasión.

Egas Moniz, sonriente.
 
 
Debemos describir con grosero detalle lo que hizo Moniz exactamente, recordando que a) Moniz no era un psicópata que se deleitaba con sesiones de torture porn y que b) Moniz era un médico que suscribía el Juramento Hipocrático, cuyo primer precepto es No Dañar. La primera paciente fue una joven aquejada de ansiedad, melancolía e hipocondría. Un cuadro clínico un tanto diferente del de los esquizofrénicos de Burkhardt o los chimpancés incivilizados de Fulton, pero Moniz y su asistente Almeida Lima no podían esperar. Lima practicó dos agujeros en el cráneo de la chica (Moniz era ya abuelo y no se fiaba de su pulso) y luego inyectó alcohol en los agujeros. El alcohol era un ítem sugerido por Fulton para pacientes humanos. El caso es que el alcohol metílico no se lleva bien con el tejido cerebral: se lo come. Cuando retiró la aguja, Almeida no pudo evitar verter alcohol en otras regiones del lóbulo frontal, que también resultaron destruidas. Qué le vamos a hacer, pensaron. Pelillos a la mar. Satisfechos con el resultado, lo repitieron con otros 3 sujetos. Obtenían equivalentes humanos de los chimpancés de la universidad de Yale: todos se "calmaron" y eran más "manejables".
 
También presentaron nauseas, apatía, desorientación, problemas de memoria y se hacían aguas mayores y menores encima y se movían muy despacio y con torpeza, chocándose con las cosas.
 
En Estados Unidos, Freeman y su colaborador el cirujano James Watts actuaron con más prudencia que sus colegas lusos. Durante todo un año ensayaron la técnica con cadáveres. Cuando sus manos adquirieron destreza en el arte de meter agujas en los sesos de la gente empezaron sus pruebas con personas vivas. Su primera prueba fue una ama de casa con depresión que, todo hay que decirlo, se presentó voluntaria a la novedosa experiencia. Una vez que le hicieron lo que le tenían que hacer, los médicos le preguntaron que qué opinaba de la operación para paliar la depresión a la que había sido sometida, a lo que la mujer respondió que no se acordaba de haber sido sometida a ninguna operación, y por cierto tampoco recordaba haber estado deprimida. Al día siguiente, no se acordaba de los números que siguen al cinco ni el orden de los días de la semana, tartamudeaba y en general parecía un poco perdida.
 
Vale, dijeron Freeman y Watts: pero ya no tiene depresión, ¿no?

Doctor Walter Freeman, a la izquierda, y doctor James Watts, a la derecha;
preparando una de las suyas.
Cortesía de Wikipedia.
 
 
Tras trastear con otros cinco pacientes (uno de ellos sufría de insomnio) los dos hombres acordaron cambiar un tanto el procedimiento. En vez de practicar dos agujeros con un bisturí (que no deja de ser un cuchillo), ya que se dieron cuenta de que al retirar la hoja se arrancaban trozos de tejido cerebral, emplearon un pequeño taladro para horadar unos agujeritos de unos dos centímetros de diámetro en un lado del cráneo. Por ese agujerito introdujeron una cánula llamada leucotomo que vertía el alcohol gota a gota. A esta técnica la llamaron lobotomía, del griego lobo- ("lóbulo") y -tomíā ("incisión quirúrgica"). Como juzgaban que la lobotomía hacía efecto en el instante en que el paciente expresaba malestar y desorientación, se procedía con anestesia local, de tal forma que se le podían preguntar cosas al paciente (por ejemplo, su nombre) hasta que éste expresaba los efectos (por ejemplo, cuando no recordaba ya su nombre).

Mientras tanto, y gracias sobre todo a los esfuerzos evangelizadores de Moniz desde su hospital lisboeta, la lobotomía era trending topic y triunfaba por todas partes. Un neurocirujano italiano, Amarro Fiamberti, había ideado un nuevo perfeccionamiento: consistía en atacar directamente el cerebro a través de las órbitas de los ojos, por donde se introducían sustancias caústicas. Para realizar esta técnica era preciso dar con un instrumento lo bastante fino y aguzado como para ser introducido en el lacrimal. ¿Qué tipo de aparato podría utilizarse? Estamos hablando del picahielos. A este nuevo tipo de lobotomía nueva y mejorada, llamada transorbital, se la empezó a conocer muy pronto por el maravilloso sobrenombre de "lobotomía del picahielos".

Lobotomía transorbital: es esto.
Cortesía de Wikipedia Commons.


En 1941 Freeman (más propenso a tomar riesgos y sin formación formal en cirugía) y Watts (como cirujano del tándem, el más prudente) se pelearon a causa de la lobotomía del picahielos, ya que Freeman la consideraba la piedra filosofal de la lucha contra la demencia pero Watts no terminaba de convencerse. Finalmente, se divorciaron intelectualmente, y Freeman se sumió en una depresión. Lo raro es que nadie pensó en practicarle a Freeman una lobotomía para curársela.

Pero en 1945 Walter estaba lo bastante restablecido como para retomar la senda y empezar a realizar él mismo las lobotomías transorbitales (en años pasados había sido Watts el encargado de la parte técnica, pero recordemos que se habían peleado). Freeman no solamente quería curar a personas con un trastorno mental (más o menos) grave ya asentado, sino también a aquellas que presentaban los primeros indicios de una patología nerviosa. Tuvo mucho éxito, por ejemplo, tratando a soldados recién llegados de las campañas de ultramar y que sufrían lo que se llamaba fatiga de combate. En efecto: supongamos que has estado en Iwo Jima y un proyectil de mortero ha hecho pedazos a tus cinco mejores compadres haciéndolos caer como una lluvia sangrienta sobre tu cara. Por eso ahora eres incapaz de decir otra cosa que "mortero, mortero, mortero", y te pasas el día cavando una trinchera imaginaria. Pues bien, con la lobotomía transorbital te curabas: dejabas de hacer movimientos espasmódicos de excavación de trincheras y de gritar MORTERO. ¡Caso cerrado!

Freeman triunfaba como la Coca-Cola. En 1948 llegó al cénit de su carrera al ser elegido presidente del Consejo Americano de Psiquiatría y Neurología. Era tan jodidamente famoso que salía en televisión practicando lobotomías a locos sonrientes. De todas formas, y quizá para enfado de Freeman, Moniz seguía siendo más famoso que él. Cuando en 1949 el portugués recibió el Premio Nobel de Medicina, Freeman se resarció con su espectacular demostración práctica del Sanatorio Estatal de Nueva Jersey. Allí operó a una docena de pacientes en una única tarde, demostrando las bondades de la lobotomía en cuanto a rapidez y eficacia, y logrando que el director de la institución vomitara ante la visión de la sangre y los sesos concomitante a dicha rapidez y eficacia. Otro incidente sonado que tuvo a Freeman como coprotagonista fue el caso Frances Farmer. F Farmer era una estrella de Hollywood cuyo comportamiento apuntaba a un trastorno mental: no en vano, a) era comunista, b) bebía como un cosaco y se drogaba a modo y c) siempre estaba liándola parda en los rodajes y en su vida privada, con espectaculares peleas con amantes y declaraciones groseras a los medios, etcétera. Al principio la sometieron a electrochoques, pero Freeman, el lobotomizador en serie, logró convencer a las autoridades de que esa rojilla lo que necesitaba era un poco de picahielos. Tras pasar por las expertas manos del doctor, la Farmer no dio ningún problema hasta su plácida muerte en 1970. Años en los que su existencia no fue muy diferente de la de un ficus, según sus biógrafos. Lo curioso es que parece demostrado que todo esto es una invención posterior del lobby antilobotomía, de modo que no, Walter Freeman no era una bestia capaz de convertir bellas actrices en vegetales.

Así es, Freeman lo petaba, pero tras el ascenso siempre viene la caída. A partir de 1950, muchos médicos se atrevieron a contravenir el dogma y expresar sus dudas con respecto a la lobotomía. Las pruebas forenses indicaban a las claras los destrozos que el picahielos hacía en los cerebros, y los propios lobotomizados, que vagaban por los pasillos de los frenopáticos como muertos vivientes con batas de hospital, estremecieron a la opinión pública una vez se dieron a conocer más y más casos individuales. La puntilla fue el descubrimiento y aplicación en psiquiatría de sustancias químicas que producían resultados similares a la lobotomía pero sin necesidad de taladrar nada, y que por ende tenían efectos (en principio) reversibles. El número de lobotomías transorbitales realizadas en territorio estadounidense descendió con gran brusquedad; al poco tiempo, únicamente el pobre Freeman y un puñado de followers acérrimos defendía a voz en cuello los beneficios de su amada técnica curativa. En 1960 presentó un informe en el Congreso Psiquiátrico Mundial que fue duramente criticado y sobre el que se vertieron acusaciones de juego sucio con los datos: en él Freeman afirmaba que el 85 % de los pacientes tratados con lobotomía transorbital se habían curado de sus padecimientos, y que el 67 % incluso había podido reinsertarse en la sociedad cuerda y adoptar sus antiguos trabajos. Nadie le creyó. Y en 1962 Ken Kesey publicó su novela Alguien voló sobre el nido del cuco, donde se denuncian con palabras estupendas los horrores de la psiquiatría institucional y en la que la lobotomía adopta el papel de troll bajo el puente. A esas alturas, Freeman recurría a técnicas publicitarias dignas de una cadena de supermercados para mantener viva la llama del rebanamiento de lóbulos, y sus escasos seguidores llegaron a recorrer el país con grotescos lobotomóviles con los que viajaban de hospital en hospital voceando las bondades de sus picahielos como vulgares buhoneros. Hombre de verbo fácil, campechano aunque tornadizo, todavía lograba convencer a algunos. Pero en 1967, en lo que fue el último clavo en el ataúd de su prestigio, rompió un vaso sanguíneo principal de una paciente y ésta falleció a las pocas horas. Nunca más volvió a practicar una lobotomía.

Paciente lobotomizado.
Cortesía del blog Nuestro Pensar.


Como siempre, Moniz había tenido más suerte. Falleció en 1955, con lo que los furibundos críticos de la lobotomía que surgieron después de esa fecha tenían que conformarse con fustigar un cadáver, que nada hace y nada siente. Freeman soportó el oprobio y no se arrepintió: cuando murió en 1972 todavía afirmaba que el picahielos era mucho mejor que esas malditas drogas. Hay que destruir para curar.

Posiblemente el último adepto de la Iglesia de la Lobotomía en el mundo occidental fue Jeffrey Dahmer, también conocido como el Carnicero de Milwaukee. En su caso, Jeffrey no pretendía curar a nadie de su trastorno mental (él mismo era un trastornado de cojones) sino obtener compañía humana sin necesidad de compromisos emocionales. Dahmer realizaba su búsqueda de compañía humana asesinando a jóvenes homosexuales y relacionándose sentimentalmente con partes de sus cuerpos, preferiblemente las cabezas, que guardaba en el frigorífico. Pero llegó el día en que cansó de esto y decidió hacerle una especie de lobotomía a Konerak Sinthasmophone; tras drogarle, le practicó dos agujeros en la frente con una Black & Decker de doble broca y luego introdujo en los agujeros cinco centímetros cúbicos de ácido muriático. Para ello usó una jeringa de marinar que había comprado en una tienda de enseres de cocina. Mientras Dahmer salía a buscar cerveza, el lobotomizado Sinthasmophone logró acceder a la calle, por la que deambuló en estado catatónico. Los policías que se toparon con él enseguida lo identificaron como un mariquita borracho; y al advertir la llegada de un nada sospechoso Dahmer, con un pack de latas de cerveza en una mano y una luminosa sonrisa, se reafirmaron en su teoría de que aquello era una movida romántica gai y dejaron que el monstruo se llevara a su víctima moribunda de nuevo a la casa de los horrores. Una vez a solas, Dahmer decidió que era necesaria otra dosis de ácido en el cerebro, pero en el segundo vertido el chico murió. Fracasado su primer intento de obtener compañía zombificada, decidió usar agua hirviendo en vez de ácido muriático, y cuando lo probó con la víctima Jeremiah Weinberger, parece que tuvo éxito: el chaval podía hablar e ir al baño por su propio pie. Desgraciadamente, cuando Jeffrey regresó del trabajo Weinberger ya estaba muerto. Dahmer empezó a considerar la idea de aplicar descargas eléctricas en el cerebro de sus amigos, quizá con ayuda de una batería de coche, pero no llegó a poner esta variante en práctica ya que le pillaron (por fin). Acusado de nueve homicidios atroces, canibalismo y necrofilia, el Carnicero le dijo al doctor Dietz, psiquiatra de la defensa, que lo único que quería era "tener compañía".


Una muestra de la ejemplar sensibilidad con la que
los medios trataron el caso del Carnicero.


Otro experto, el doctor Fosdal, dijo perplejo en una entrevista: "Creo que este es el primer caso internacional de lobotomía casera".

Nada más lejos de nuestra intención que relacionar de alguna forma a Walter Freeman o Egas Moniz con el Carnicero de Milwaukee. Buenas noches.

domingo, 12 de enero de 2014

TRANSHUMANISMO, SINGULARIDAD, INMORTALIDAD, BLABLABLÁ

Dicho en plata, el transhumanismo es un movimiento futurista que considera que ya es hora de que la humanidad se plantee el próximo paso en la evolución. Es decir, creen que en un futuro cercano los seres humanos serán capaces de superar su biología gracias al desarrollo de tecnologías hoy embrionarias como la Inteligencia Artificial Fuerte (máquinas conscientes de sí mismas e igual o más inteligentes que la mera carne), la ingeniería genética, la cibernética, la nanotecnología, la criogenia y la hostia en verso. Y además creen que todo eso será bueno.

Según los transhumanistas, para el año 2080 la
capacidad computacional de los ordenadores será
equivalente a la de todos los cerebros humanos. Para 1990
ya superaba a la de las libélulas. Curioso, porque en la actualidad los
programas IA apenas son tan listos como una libélula.
Entonces, ¿es tan jodidamente importante la capacidad
para manipular ceros y unos a la hora de crear inteligencia real?
Fuente: culturamas


Desde luego, desde 2001 a Matrix, la cultura popular de masas siempre ha optado por la idea de que eso será muy malo. Y hay una cierta cantidad de escépticos que dicen que esto es una chorrada, basándose sobre todo en la triste historia de fracasos del programa del desarrollo de la IA fuerte: por mucho que se empeñen los gurús de Silicon Valley, no se ha construido ni posiblemente se construirá en un futuro cercano un ordenador capaz de mostrar la misma inteligencia que mi abuela del pueblo. ¿Quién lleva la razón? Los H + afirman que en el pasado muchas predicciones tecnológicas que se dijeron imposibles que te cagas (verbigracia, poner el pie en la Luna o plantar maíz transgénico) resulta que, caramba, dieron en el clavo. Por lo tanto, lo que ellos dicen que pasará puede pasar. Y no dejan de parir gráficos muy chulos y complejísimos textos para dar a entender que no es que pueda pasar, sino que pasará. Mirad, dicen, ahora es posible implantar prótesis en soldados mutilados capaces de recibir señales de las neuronas motoras de dichos soldados; dentro de un puñado de años, podremos hacer no solamente eso, sino volcar la mente de cualquiera en una supercomputadora y hacer que esa mente viva forever and ever en un entorno de realidad virtual no muy distinto del Jardín del Edén. ¡Ya no habrá enfermedades, ni guerras, ni intolerancia, ni odio, ni gente fea! ¡Viva!


Neil Harbisson: el primer cyborg con carnet.
Este artista británico ciego al color dispone
de un dispositivo protésico llamado eyeborg,
que lleva implantado en la cabeza, y
que le permite distinguir colores.
Harbisson ha conseguido ser considerado por
el estado británico como cyborg (no se permitía a personas
como Neil entrar en instituciones públicas debido al
cacharro de la cabeza) y en su documento de identidad
figura por primera vez con su dispositivo.
Además de artista, Harbisson ha emprendido una
campaña para ayudar a mejorar los derechos de otros cyborgs británicos.
Fuente: io9

Soñar es gratis. El credo transhumanista afirma que avance tecnológico = progreso científico. Esto no es necesariamente así. Veamos:

Uno de los sueños de los transhumanistas es la Emulación Cerebral Completa (ECC), que consiste en coger un cerebro con sus tropecientos mil trillones de neuronas y con todo lo que esas neuronas hacen y copiarlo en un Mac (exageramos, claro: sería una computadora de tipo muy diferente a las actuales, quizá algo cuántico y todo). Con esto, dicen, se liberaría nuestro atributo más importante (lo que nos hace humanos y no chimpancés haciéndose pajas todo el día allá en la selva) de la tiranía de la selección natural y sus instintos constrictores. Y no olvidemos lo fácil que sería ir mejorando el modelo con cosas como Mente 2.0 o Mente Vista o Mente 5S. Luego podríamos vincular esta copia a un envoltorio resistente (por ejemplo, una bola de cromo con cuchillas, ¿por qué no?, o un Furby) y, en teoría, vivir como una mente sin cuerpo para los siglos de los siglos.

Con respecto a este puntal básico del transhumanismo las objeciones son tremendas. Y no tenemos por qué salir del materialismo mecanicista descarnado para criticar tales aspiraciones.  Uno: los cerebros no son computadoras, por mucho que Kurzweil, el cerebro del sistema Unix Bill Joy y el dueño de PayPal Peter Thiel quieran que nos lo creamos. Dos: ni siquiera sabemos qué son los cerebros y cómo hacen lo que hacen: los popes del transhumanismo quizá deberían escuchar esta humilde conclusión de la neurobiología corriente y moliente (los transhumanistas tienden a tildar a los diseccionadores de sesos como señoritingos llorones, incapaces de desprenderse del ya viejo miedo a las máquinas). Tres: con la tecnología actual, la ECC es imposible, y no hay seguridad de que en un futuro próximo tal complejidad (y coste) pueda asumirse. En la actualidad, los métodos de escaneo del cerebro se basan en el análisis de regiones macroscópicas del mismo (imágenes funcionales por resonancia magnética verbigracia); si bien existen algunos avances en la proyección de imágenes asociadas a una única neurona, la técnica es primitiva por decirlo con suavidad. Y además hace necesaria la destrucción de tejido nervioso, por lo que solamente se ha usado en ratas, con lo que no inspira un cegador entusiasmo precisamente. Cuatro: supongamos que pese a todo conseguimos emular completamente la mente, la conciencia o el je ne sais quoi de Fulanito en un soporte informático. En ese caso, deberíamos ser capaces de ejecutar ese programa, y, entonces... ¿dicho programa seguiría siendo Fulanito? ¿Una copia de algo pensante es capaz de pensar? ¿La copia de un individuo sigue siendo un individuo? Se trata de una objeción filosófica con varios añitos y que deja perpleja a mucha gente mucho más lista que yo. Pese a todas estas objeciones, el director del Programa Blue Brain Project, Henry Mackram, dijo en 2009 que construir un ordenador capaz de albergar una mente humana y emular sus procesos con una fidelidad absoluta sería cosa de una década (por lo visto, semejante artefacto necesitaría una capacidad de almacenamiento de 500 petabytes, y mantenerlo en modo "demostración" haría uso de un mantenimiento energético cuyo coste superaría los tres mil millones de dólares) lo que posiblemente convierte a Henry Mackram en un incorregible optimista.

"Es hora de desfasar"
Analicemos ahora una palabra tótem para esta pandilla: ellos creen que llegará un momento de un no-muy-distante-futuro en el que las máquinas diseñadas por los humanos igualarán, y luego superarán, la inteligencia de sus creadores, y a ese nebuloso momento lo llaman singularidad tecnológica u otros términos rimbombantes por el estilo. Posiblemente el primer tipo que habló de esta posibilidad (o hecho que necesariamente ha de producirse, según los transhumanistas) fue el matemático húngaro-estadounidense John von Neumann (aunque la idea fue muy popularizada entre los nerds del mundo por el escritor de ciencia ficción Vernor Vinge). El punto clave del concepto es que cuando ocurra o si ocurre eso el género humano perderá el control sobre las inteligencias artificiales y el desarrollo posterior de las mismas ya no estará en nuestras manos. Bien, el problema es que, aun admitiendo que una IA de este estilo podría surgir en un momento dado (ver más arriba para ver los problemas que encierra esto), muchos transhumanistas lo han mezclado con el resto de sus paranoias. Hablan no solamente de singularidad en el desarrollo de la IA (que es su sentido original) sino de singularidad económica, singularidad nanotecnológica, singularidad pokémon y todo lo que se nos ocurra. Hablan de gente fusionada con las máquinas, hablan de gente con esperanza de vida notoriamente alargada, hablan de gente provista con los poderes de los dioses. Nyet: es posible que un grupo conectado en red de programas semi-inteligentes usados con fines militares o como administradores de grandes volúmenes de datos llegue algún día a volverse autónomo, pero eso no significa ni que sea consciente (que haya alguien en casa), ni que sea amigable (u hostil) hacia los carnosos, ni que sea capaz de acometer la ECC, ni que nos otorgue la divinidad posthumana.

Friendly AI

Sería más bien como un mega programa de ajedrez estilo Deep Blue pero más sofisticado y punto. En resumidas cuentas, hacer cualquier predicción afirmando que algo va a suceder no lo hace inevitable.
Con respecto a las pretensiones de los transhumanistas en el sentido de que la tecnología protésica, la nanotecnología, la criogenia y otras novedosas técnicas basadas en las máquinas nos van a hacer muy longevos y muy felices, mejor cogerlas con pinzas. Es habitual que los transhumanistas respondan a cualquier objeción sobre sus fantasías biogerontológicas exclamando "¡Nanobots!" para luego vomitarte una interminable retahíla de datos de complejidad bizantina acerca de motores moleculares, constante de Plank, replicadores de Von Neumann y demás mandanga que recuerdan sospechosamente a la graciosa jerga que emplean en Star Trek. La nanotecnología está llena de promesas, pero también de grandes problemas técnicos y por descontado abundan los delirios y el vaporware. La criogenia es hoy por hoy algo muy parecido a un callejón con una salida muy, muy pequeña,  y lo poco que puede conseguirse cuesta mogollón de pasta.

Y caray, además de los problemas puramente filosóficos y técnicos, también se han vertido críticas hacia el movimiento H + desde el ámbito de la ética y la política. El mismísimo Francis Fukuyama considera que el trashumanismo es la idea más peligrosa que corre suelta por ahí; otros alertan sobre la posible connivencia de intereses entre los foros transhumanistas y las grandes corporaciones y el estamento militar; para algunos no es más que una pandilla de mafiosos tecno-libertarios afincados en el Valle del Silicio, pandilla con inclinaciones eugenésicas; se ha llegado a hablar de totalitarismo cibernético.



Para terminar: si bien las predicciones de los transhumanistas pueden estar basadas en desarrollos factibles de la tecnología actual, eso no significa necesariamente a) que vayan a producirse las cosas que afirman que se producirán b) que su discurso esté basado enteramente en posibilidades científicamente válidas y no contenga buenas dosis de fe y c) que, en el caso de que ocurra la singularidad, Skynet no nos mate a todos. Andaremos y veremos.
El logo de los transhumanistas.
Fuente: rationalwiki