sábado, 25 de enero de 2014

HISTORIA DE LA LOBOTOMÍA PARA DUMMIES

Desde hace mucho tiempo han existido dos grandes corrientes en la psiquiatría y la psicoterapia. Los hay, como Freud y los psicoanalistas, que piensan que la enfermedad mental responde a un problema, conflicto, déficit o similar en la mente. En otras palabras, la enfermedad mental, aunque puede tener un sustrato patológico en la estructura física del cerebro, en última instancia ha de curarse actuando sobre la mente. Esto puede hacerse de muchas maneras: podemos hacer asociación libre y liberarnos de ideas reprimidas y así curarnos de una neurosis; o podemos acudir a salas donde todo el mundo se ríe a carcajadas locamente mirándose entre sí con ojos que dicen MATADME POR FAVOR y llamar a eso risoterapia, por ejemplo.


¿Gente mentalmente sana o maniacos homicidas?
Siempre quedará la duda.
 
Pero los que apoyan la otra tendencia radican todo trastorno mental en la estructura física de la nuez carnosa que tenemos en la cocorota. Esta tendencia es propia de neurobiólogos, neuroanatomistas, neurofisiólogos y otros expertos en la susodicha materia cerebral sensu stricto. Para muchos de ellos, nos tememos, algo como la mente no existe. Solo existe aquello a lo que se pueda llegar con el bisturí.
 
Herr doktor Gottlieb Buckhardt pertenecía a la tendencia número 2. Era superintendente de un hospital psiquiátrico suizo y estaba hasta las pelotas de un grupo de pacientes esquizofrénicos que no dejaban de comportarse como unos auténticos burros. Les propinaban golpizas a otros internos y a los celadores, dábanse cabezazos contra las paredes en una época en la que el concepto de Habitación Acolchada no era universal y aullaban a la luna. Inaguantable. De modo que un buen día de 1890 GB cogió a 6 de los más problemáticos y los ató con recias correas a sendas camas. Luego practicó unos agujeros en sus cráneos con un aparato similar al sacacorchos que utilizaría un cenobita de Hellraiser para abrir la botella de vino tinto en el Infierno, y les extrajo trozos de sus lóbulos frontales. Esperemos que utilizara algún tipo de anestesia, aunque se tratara de cloroformo. Le pareció que había hecho bien, ya que aunque 2 de los sujetos murieron (quizá GB les había extraído demasiado lóbulo frontal) los otros cambiaron radicalmente de comportamiento. De hecho, hasta carecían de comportamiento. Si GB hubiera sido un bokor haitiano los habría llamado zombis.


Un cráneo con evidencias de trepanación buckhardtiana.
Cortesía de Asylum Science.
 
 
El buen doctor decidió publicar su hallazgo en una prestigiosa revista médica centroeuropea. No obstante, y para su estupefacción, casi todo el mundo se le echó encima, le puso verde y le llamó de todo menos bonito. Por ejemplo, mutilador de cerebros. Hubo un puñado de visionarios que emplearon el método en instituciones mentales colapsadas, pero eran mayoría los médicos que pensaban que aquello era muy chungo, joder.
 
Sin embargo, la idea de sosegar seres mentalmente perturbados mediante manipulaciones bizarras de su materia gris echó débiles, pálidas raíces. Y en 1935, un neurocirujano de la universidad de Yale llamado doctor John Fulton decidió aplicar el tratamiento burkhardtiano a sus chimpancés, unos animales incorregibles que eran el terror del laboratorio de la Facultad de Medicina de la universidad de Yale y que, como chimpancés que eran, no soportaban verse encerrados en jaulas diminutas, mordían los dedos de los cuidadores, robaban comida y arrojaban sus meados y cagadas a la cara del doctor John Fulton. Fulton llamó a su operación leucotomía y se congratuló al comprobar que los putos monos se habían convertido en unos seres apáticos, imperturbables, que se dejaban viviseccionar tan ricamente. Tan entusiasmado estaba Fulton que decidió exhibir a algunos de ellos en un congreso de Neurocirugía que iba a celebrarse en Londres.
 
A ese congreso acudió la crème de la crème de la luminosa elite de mutiladores de cerebros a nivel global. Por ejemplo, ahí estaba el insigne Iván Pávlov, a quien hasta los niños de preescolar de Noruega conocían por sus divertidos experimentos con perros babosos y campanillas. También acudieron dos estrellas en ascenso del neuropanorama de los años treinta del pasado siglo. La estrella venida de Portugal se llamaba Egas Moniz y la estrella venida de Norteamérica se llamaba Walter Freeman. Ambos quedaron fascinados con los chimpancés de Fulton; ambos decidieron llevar a cabo leucotomías con sus propios pacientes humanos en sus propios sanatorios mentales.


Iván Pávlov posando como lo que era:
una superestrella.
 
 
Antes de los puñeteros chimpancés, las locas y los locos habían sido tratados con electrochoques; y antes de eso con lavativas, sanguijuelas, manguerazos de agua fría y grilletes; y antes todavía se les arrojaba en agujeros para que se pudrieran o se les pegaba fuego por herejes. Moniz y Freeman, naturalmente, y como hombres de mentalidad ilustrada y nobles sentimientos que eran, consideraban bárbaros estos procedimientos y querían mejorar las cosas. Es curioso que pensaran que la técnica Burkhardt-Fulton no fuera bárbara sino más bien la octava maravilla, pero los enamoramientos son así: irracionales (y estamos hablando desde el pedestal biempensante que se alzó gracias al Valium). Moniz, por ejemplo, nada más regresar a su patria adoptó un marchoso lema para la Nueva Era de la Neurocirugía:
 
NÓS DESTRUÍMOS PARA CURAR
 
 
, y puso en práctica la leucotomía en cuanto tuvo ocasión.

Egas Moniz, sonriente.
 
 
Debemos describir con grosero detalle lo que hizo Moniz exactamente, recordando que a) Moniz no era un psicópata que se deleitaba con sesiones de torture porn y que b) Moniz era un médico que suscribía el Juramento Hipocrático, cuyo primer precepto es No Dañar. La primera paciente fue una joven aquejada de ansiedad, melancolía e hipocondría. Un cuadro clínico un tanto diferente del de los esquizofrénicos de Burkhardt o los chimpancés incivilizados de Fulton, pero Moniz y su asistente Almeida Lima no podían esperar. Lima practicó dos agujeros en el cráneo de la chica (Moniz era ya abuelo y no se fiaba de su pulso) y luego inyectó alcohol en los agujeros. El alcohol era un ítem sugerido por Fulton para pacientes humanos. El caso es que el alcohol metílico no se lleva bien con el tejido cerebral: se lo come. Cuando retiró la aguja, Almeida no pudo evitar verter alcohol en otras regiones del lóbulo frontal, que también resultaron destruidas. Qué le vamos a hacer, pensaron. Pelillos a la mar. Satisfechos con el resultado, lo repitieron con otros 3 sujetos. Obtenían equivalentes humanos de los chimpancés de la universidad de Yale: todos se "calmaron" y eran más "manejables".
 
También presentaron nauseas, apatía, desorientación, problemas de memoria y se hacían aguas mayores y menores encima y se movían muy despacio y con torpeza, chocándose con las cosas.
 
En Estados Unidos, Freeman y su colaborador el cirujano James Watts actuaron con más prudencia que sus colegas lusos. Durante todo un año ensayaron la técnica con cadáveres. Cuando sus manos adquirieron destreza en el arte de meter agujas en los sesos de la gente empezaron sus pruebas con personas vivas. Su primera prueba fue una ama de casa con depresión que, todo hay que decirlo, se presentó voluntaria a la novedosa experiencia. Una vez que le hicieron lo que le tenían que hacer, los médicos le preguntaron que qué opinaba de la operación para paliar la depresión a la que había sido sometida, a lo que la mujer respondió que no se acordaba de haber sido sometida a ninguna operación, y por cierto tampoco recordaba haber estado deprimida. Al día siguiente, no se acordaba de los números que siguen al cinco ni el orden de los días de la semana, tartamudeaba y en general parecía un poco perdida.
 
Vale, dijeron Freeman y Watts: pero ya no tiene depresión, ¿no?

Doctor Walter Freeman, a la izquierda, y doctor James Watts, a la derecha;
preparando una de las suyas.
Cortesía de Wikipedia.
 
 
Tras trastear con otros cinco pacientes (uno de ellos sufría de insomnio) los dos hombres acordaron cambiar un tanto el procedimiento. En vez de practicar dos agujeros con un bisturí (que no deja de ser un cuchillo), ya que se dieron cuenta de que al retirar la hoja se arrancaban trozos de tejido cerebral, emplearon un pequeño taladro para horadar unos agujeritos de unos dos centímetros de diámetro en un lado del cráneo. Por ese agujerito introdujeron una cánula llamada leucotomo que vertía el alcohol gota a gota. A esta técnica la llamaron lobotomía, del griego lobo- ("lóbulo") y -tomíā ("incisión quirúrgica"). Como juzgaban que la lobotomía hacía efecto en el instante en que el paciente expresaba malestar y desorientación, se procedía con anestesia local, de tal forma que se le podían preguntar cosas al paciente (por ejemplo, su nombre) hasta que éste expresaba los efectos (por ejemplo, cuando no recordaba ya su nombre).

Mientras tanto, y gracias sobre todo a los esfuerzos evangelizadores de Moniz desde su hospital lisboeta, la lobotomía era trending topic y triunfaba por todas partes. Un neurocirujano italiano, Amarro Fiamberti, había ideado un nuevo perfeccionamiento: consistía en atacar directamente el cerebro a través de las órbitas de los ojos, por donde se introducían sustancias caústicas. Para realizar esta técnica era preciso dar con un instrumento lo bastante fino y aguzado como para ser introducido en el lacrimal. ¿Qué tipo de aparato podría utilizarse? Estamos hablando del picahielos. A este nuevo tipo de lobotomía nueva y mejorada, llamada transorbital, se la empezó a conocer muy pronto por el maravilloso sobrenombre de "lobotomía del picahielos".

Lobotomía transorbital: es esto.
Cortesía de Wikipedia Commons.


En 1941 Freeman (más propenso a tomar riesgos y sin formación formal en cirugía) y Watts (como cirujano del tándem, el más prudente) se pelearon a causa de la lobotomía del picahielos, ya que Freeman la consideraba la piedra filosofal de la lucha contra la demencia pero Watts no terminaba de convencerse. Finalmente, se divorciaron intelectualmente, y Freeman se sumió en una depresión. Lo raro es que nadie pensó en practicarle a Freeman una lobotomía para curársela.

Pero en 1945 Walter estaba lo bastante restablecido como para retomar la senda y empezar a realizar él mismo las lobotomías transorbitales (en años pasados había sido Watts el encargado de la parte técnica, pero recordemos que se habían peleado). Freeman no solamente quería curar a personas con un trastorno mental (más o menos) grave ya asentado, sino también a aquellas que presentaban los primeros indicios de una patología nerviosa. Tuvo mucho éxito, por ejemplo, tratando a soldados recién llegados de las campañas de ultramar y que sufrían lo que se llamaba fatiga de combate. En efecto: supongamos que has estado en Iwo Jima y un proyectil de mortero ha hecho pedazos a tus cinco mejores compadres haciéndolos caer como una lluvia sangrienta sobre tu cara. Por eso ahora eres incapaz de decir otra cosa que "mortero, mortero, mortero", y te pasas el día cavando una trinchera imaginaria. Pues bien, con la lobotomía transorbital te curabas: dejabas de hacer movimientos espasmódicos de excavación de trincheras y de gritar MORTERO. ¡Caso cerrado!

Freeman triunfaba como la Coca-Cola. En 1948 llegó al cénit de su carrera al ser elegido presidente del Consejo Americano de Psiquiatría y Neurología. Era tan jodidamente famoso que salía en televisión practicando lobotomías a locos sonrientes. De todas formas, y quizá para enfado de Freeman, Moniz seguía siendo más famoso que él. Cuando en 1949 el portugués recibió el Premio Nobel de Medicina, Freeman se resarció con su espectacular demostración práctica del Sanatorio Estatal de Nueva Jersey. Allí operó a una docena de pacientes en una única tarde, demostrando las bondades de la lobotomía en cuanto a rapidez y eficacia, y logrando que el director de la institución vomitara ante la visión de la sangre y los sesos concomitante a dicha rapidez y eficacia. Otro incidente sonado que tuvo a Freeman como coprotagonista fue el caso Frances Farmer. F Farmer era una estrella de Hollywood cuyo comportamiento apuntaba a un trastorno mental: no en vano, a) era comunista, b) bebía como un cosaco y se drogaba a modo y c) siempre estaba liándola parda en los rodajes y en su vida privada, con espectaculares peleas con amantes y declaraciones groseras a los medios, etcétera. Al principio la sometieron a electrochoques, pero Freeman, el lobotomizador en serie, logró convencer a las autoridades de que esa rojilla lo que necesitaba era un poco de picahielos. Tras pasar por las expertas manos del doctor, la Farmer no dio ningún problema hasta su plácida muerte en 1970. Años en los que su existencia no fue muy diferente de la de un ficus, según sus biógrafos. Lo curioso es que parece demostrado que todo esto es una invención posterior del lobby antilobotomía, de modo que no, Walter Freeman no era una bestia capaz de convertir bellas actrices en vegetales.

Así es, Freeman lo petaba, pero tras el ascenso siempre viene la caída. A partir de 1950, muchos médicos se atrevieron a contravenir el dogma y expresar sus dudas con respecto a la lobotomía. Las pruebas forenses indicaban a las claras los destrozos que el picahielos hacía en los cerebros, y los propios lobotomizados, que vagaban por los pasillos de los frenopáticos como muertos vivientes con batas de hospital, estremecieron a la opinión pública una vez se dieron a conocer más y más casos individuales. La puntilla fue el descubrimiento y aplicación en psiquiatría de sustancias químicas que producían resultados similares a la lobotomía pero sin necesidad de taladrar nada, y que por ende tenían efectos (en principio) reversibles. El número de lobotomías transorbitales realizadas en territorio estadounidense descendió con gran brusquedad; al poco tiempo, únicamente el pobre Freeman y un puñado de followers acérrimos defendía a voz en cuello los beneficios de su amada técnica curativa. En 1960 presentó un informe en el Congreso Psiquiátrico Mundial que fue duramente criticado y sobre el que se vertieron acusaciones de juego sucio con los datos: en él Freeman afirmaba que el 85 % de los pacientes tratados con lobotomía transorbital se habían curado de sus padecimientos, y que el 67 % incluso había podido reinsertarse en la sociedad cuerda y adoptar sus antiguos trabajos. Nadie le creyó. Y en 1962 Ken Kesey publicó su novela Alguien voló sobre el nido del cuco, donde se denuncian con palabras estupendas los horrores de la psiquiatría institucional y en la que la lobotomía adopta el papel de troll bajo el puente. A esas alturas, Freeman recurría a técnicas publicitarias dignas de una cadena de supermercados para mantener viva la llama del rebanamiento de lóbulos, y sus escasos seguidores llegaron a recorrer el país con grotescos lobotomóviles con los que viajaban de hospital en hospital voceando las bondades de sus picahielos como vulgares buhoneros. Hombre de verbo fácil, campechano aunque tornadizo, todavía lograba convencer a algunos. Pero en 1967, en lo que fue el último clavo en el ataúd de su prestigio, rompió un vaso sanguíneo principal de una paciente y ésta falleció a las pocas horas. Nunca más volvió a practicar una lobotomía.

Paciente lobotomizado.
Cortesía del blog Nuestro Pensar.


Como siempre, Moniz había tenido más suerte. Falleció en 1955, con lo que los furibundos críticos de la lobotomía que surgieron después de esa fecha tenían que conformarse con fustigar un cadáver, que nada hace y nada siente. Freeman soportó el oprobio y no se arrepintió: cuando murió en 1972 todavía afirmaba que el picahielos era mucho mejor que esas malditas drogas. Hay que destruir para curar.

Posiblemente el último adepto de la Iglesia de la Lobotomía en el mundo occidental fue Jeffrey Dahmer, también conocido como el Carnicero de Milwaukee. En su caso, Jeffrey no pretendía curar a nadie de su trastorno mental (él mismo era un trastornado de cojones) sino obtener compañía humana sin necesidad de compromisos emocionales. Dahmer realizaba su búsqueda de compañía humana asesinando a jóvenes homosexuales y relacionándose sentimentalmente con partes de sus cuerpos, preferiblemente las cabezas, que guardaba en el frigorífico. Pero llegó el día en que cansó de esto y decidió hacerle una especie de lobotomía a Konerak Sinthasmophone; tras drogarle, le practicó dos agujeros en la frente con una Black & Decker de doble broca y luego introdujo en los agujeros cinco centímetros cúbicos de ácido muriático. Para ello usó una jeringa de marinar que había comprado en una tienda de enseres de cocina. Mientras Dahmer salía a buscar cerveza, el lobotomizado Sinthasmophone logró acceder a la calle, por la que deambuló en estado catatónico. Los policías que se toparon con él enseguida lo identificaron como un mariquita borracho; y al advertir la llegada de un nada sospechoso Dahmer, con un pack de latas de cerveza en una mano y una luminosa sonrisa, se reafirmaron en su teoría de que aquello era una movida romántica gai y dejaron que el monstruo se llevara a su víctima moribunda de nuevo a la casa de los horrores. Una vez a solas, Dahmer decidió que era necesaria otra dosis de ácido en el cerebro, pero en el segundo vertido el chico murió. Fracasado su primer intento de obtener compañía zombificada, decidió usar agua hirviendo en vez de ácido muriático, y cuando lo probó con la víctima Jeremiah Weinberger, parece que tuvo éxito: el chaval podía hablar e ir al baño por su propio pie. Desgraciadamente, cuando Jeffrey regresó del trabajo Weinberger ya estaba muerto. Dahmer empezó a considerar la idea de aplicar descargas eléctricas en el cerebro de sus amigos, quizá con ayuda de una batería de coche, pero no llegó a poner esta variante en práctica ya que le pillaron (por fin). Acusado de nueve homicidios atroces, canibalismo y necrofilia, el Carnicero le dijo al doctor Dietz, psiquiatra de la defensa, que lo único que quería era "tener compañía".


Una muestra de la ejemplar sensibilidad con la que
los medios trataron el caso del Carnicero.


Otro experto, el doctor Fosdal, dijo perplejo en una entrevista: "Creo que este es el primer caso internacional de lobotomía casera".

Nada más lejos de nuestra intención que relacionar de alguna forma a Walter Freeman o Egas Moniz con el Carnicero de Milwaukee. Buenas noches.

lunes, 20 de enero de 2014

LA PUTA LEY DE LOS GRANDES PUTOS NÚMEROS

Pregunta: ¿por qué los casinos contratan matemáticos o matemáticas en calidad de consultores?

Respuesta: para asegurarse las lentejas gracias a la Ley de los Grandes Números.

La LGN dice que cualquier evento aleatorio repetido tiende a alcanzar un valor promedio según la ley de las probabilidades. El ejemplo arquetípico es lanzar una moneda-no-trucada-por-favor al aire un número infinito de veces. La probabilidad de que en una tirada de moneda (el mayor hobby de los estudiosos del azar por lo que se ve, siempre están tirando malditas monedas) nos salga cara es de 1/2, de que nos salga cruz es de 1/2, pero según la LGN, dado un número suficientemente de lanzamientos de moneda, la probabilidad de que la mitad de los lanzamientos sean cara y la mitad de los lanzamientos sean cruz se acerca a 1 (y sería 1 en el infinito, claro). En otras palabras, si se repite un evento aleatorio un tiempo suficientemente largo y en un número suficiente grande, las probabilidades se acercarán mucho a un valor promedio: mitad caras mitad cruces, por ejemplo. O sea, la buena suerte (sacamos cara) se equilibra a la larga con la mala suerte (sacamos cruz).

Aplicada al excitante universo de las apuestas hechas con el dinero ganado de forma agónica con el sudor de la frente en establecimientos llenos de luces de neón, ruidosas máquinas tragaperras, estatuas de hielo horteras, tigres albinos rondando el aparcamiento y suntuosos adornos sobredorados, la LGN establece que:

1. En cualquier juego guiado por la fría mano de la diosa Fortuna si usted tiene, como promedio, una pequeña ventaja, a la larga terminará ganando más que perdiendo si apuesta el tiempo suficiente y un número elevado de veces. A la inversa, si tiene, como promedio, una ligera desventaja, a largo plazo acabará perdiendo más que ganando. Desde luego, en un único lance de la suerte, o en dos o tres o cuatro, se puede ganar o perder y no sabemos qué pasará. Pero si se juega a lo grande (repetimos: muchos eventos repetidos en el tiempo), perderá o ganará a la larga dependiendo de si parte de una posición ventajosa o desventajosa.

2. En todo establecimiento consagrado al juego se da el fascinante hecho de que todos los juegos de azar que alberga favorecen levemente a la Casa. Aquí la palabra clave es levemente. Por eso los casinos contratan consultores que saben de combinatoria: para asegurarse de tener esa leve ventaja de forma que los jugadores no se sientan estafados al ver que no ganan nunca, pero al mismo tiempo tener la certeza matemática (la mejor de las certezas) de que a largo plazo lloverán los beneficios. Gracias a la LGN propietarios de casino, crupieres, guardias jurados, jugadores y tigres están contentos. Menos los que lo pierden todo.

Casino París, Las Vegas, Nevada.
Lujo, esplendor, horterismo,
prostitutas en todas las habitaciones.
Para días sueltos o fines de semana.
Desde luego, si abre usted un garito de juego en una habitación de su casa y solamente acuden a jugar cuatro o cinco de sus amigos más tarados, es muy posible que le den por el culo. Para que este truquito funcione, debe usted aflojar una considerable cantidad de pasta gansa como inversión inicial, hacerse con un local inmenso (o un barco con rueda de vapor si es el siglo XIX y estamos cerca del río Missisipi), decorarlo de la forma más chillona y estridente posible y contratar a una horda de comediantes de segunda, contables, limpiadoras, expertos en videovigilancia, vedetes cocainómanas y una falange completa de psicópatas uniformados provistos con tásers, etcétera, lo cual no sale barato en los países con Estados intervencionistas. Y también es conveniente que mantenga abierto ese antro satánico las veinticuatro horas del día, todos los días de la semana y todas las semanas de año, sin respetar el sagrado descanso del Sabbat. La LGN funciona, recuérdelo, en un contexto de muchos, muchísimos eventos aleatorios. El espectáculo no debe parar nunca.

Para que todo esto quede más claro, veamos a continuación el caso de la Ruleta para ver de qué forma los propietarios de un buen casino pueden dormir tranquilos todas las noches y ser asquerosamente ricos.

La Ruleta (en este caso una ruleta de estilo americano, que es el más extendido) es una rueda divida en porciones de colores que gira a toda hostia. La rueda está dividida en 38 porciones: hay 36 porciones que van alternando el color rojo y el negro (por lo que tenemos 18 porciones negras y 18 porciones rojas), y van numeradas de esta forma: 1 rojo, 2 negro, 3 rojo, 4 negro, etcétera (en posiciones intercaladas y aleatorias). Luego hay dos porciones especiales de color verde, numeradas 0 y 00. El artilugio está diseñado de tal manera que una bolita de color blanco depositada sobre ella con un gracioso giro de la mano del encargado de la ruleta tenga las mismas probabilidades de caer en una de las 38 porciones.  Las apuestas se hacen básicamente sobre la porción en concreto en la que estará la bolita cuando la Ruleta se detenga.

Aquí 0 no es igual a nada.
Como alegres clientes del casino y amantes de la suerte que somos, podemos hacer todo tipo de apuestas con este chisme. Lo más habitual es "apostar al rojo" o "apostar al negro". Esto significa que nos jugamos contra la Casa una cierta cantidad de pasta (ojo: el importe concreto estará fijado por la Casa, no por nosotros) a que la bolita estará detenida en una porción del color que hayamos apostado una vez la rueda loca se pare. Bien, supongamos que apostamos 10 euros al rojo. Eso significa que si la ruleta se para y la bolita está en una porción roja, ganamos 10 euros y nos quedamos con 20; si está en una porción negra o en las especiales, perdemos 10 euros y nos retiramos cabizbajos, lo más sensato, o bien seguimos apostando a ver qué pasa, lo más habitual. En esta apuesta, técnicamente llamada evento aleatorio unitario, la Casa también puede perder o  ganar dinerillo. Pero observen lo que pasa por término medio: hay 18 porciones rojas de un total de 38, de modo que ganaríamos 18 de cada 38 veces. Pero como hay 18 porciones negras y 2 especiales, perderíamos 20 de cada 38. En consecuencia, nuestra ganancia promedio (apostando 10 euros) es:

Probabilidad de ganar - probabilidad de perder ---> 10^18/38 - 10^20/38 = -0,526

Lo que significa que, en promedio, vamos a perder unos 52 céntimos de euro por apuesta.

Lo que significa que, si hacemos esta apuesta una y otra vez, o hay un montón de gente haciéndola a todas horas, a la larga, la Casa acabará ganando. Es la Ley de los Grandes Números en acción. Si como promedio la Casa gana 52 céntimos de euro por apuesta, significa que parte con una ligera ventaja, y esta ventaja se impondrá a largo plazo. Gracias a la LGN, la Casa no tiene qué preocuparse del azar. Miren el casino: ¿lo ven pobre? ¿Ven a los empleados preocupados por la amenaza de ser despedidos si acaso hacen que el casino pierda? No. Esa gente atesora monedas igual que el dragón Smaug atesora el dinero de los enanos: con mucha astucia. Los casinos son la más hermosa demostración de una ley matemática que un mafioso italoamericano pueda imaginar.

Otro tipo de apuestas con la Ruleta conducen a lo mismo: podemos apostar al negro, o apostar a impares, o apostar a pares, o apostar a que la bolita se detendrá en los números del 1 al 18 o del 19 al 38; en todos en estos casos nuestra probabilidad de ganar será de 18/38 y la de la Casa de 20/38. A largo plazo vamos a pringar y la Casa se va a forrar.

Más que nada para darle emoción, los puestos de Ruleta también ofrecen otras variedades de apuestas. ¿En alguna de ellas lleva ventaja el jugador? Puede apostar todo o nada a que no.

Así, se puede "apostar a las docenas". En este tipo de apuestas, por ejemplo, puede apostar 10 euros a que la bolita se detendrá en los números que van del 1 al 12, o del 13 al 24, o del 25 al 38. Si acierta, "dobla" y se lleva 20 euros. Si no acierta, pierde 10. Lo que parece mucho más atractivo que las apuestas que hemos visto antes. Usted puede pensar: esta movida me gusta más, si a veces gano 20 euros y a veces pierdo solamente 10, la ganancia está de mi parte. ¡Jodeos, cabrones propietarios del casino! ¡Os voy a arruinar! ¡Vais a tener que empeñar el jet privado!

No.

Calculemos nuestra ganancia promedio. Ganamos 20 euros 12 de cada 38 veces, y la Casa gana 10 euros 26 de cada 38 veces. Entonces:

20^12/38 - 10^26/38 = -0,526

Me cago en la madre que parió a Platanito, resulta que pasa lo mismo que si apostamos al rojo. Pero espera, también podemos apostarlo todo a un solo número. Si apostamos 10 euros a que la bolita se detendrá en un número determinado (por ejemplo, el número de años que tiene mi loro, que siempre me ha dado buen pálpito) y la bolita efectivamente se detiene en ese número, la Casa nos suelta 350 euros. Eso es otra cosa, ¿verdad? Aunque pierda 10 euros por cada vez que Doña Suerte me mire torcido, probablemente llegará el momento en que acierte y en ese caso esos 350 euros casi seguro que sobrepasan las pérdidas. ¡Venga, bolita! ¡Párate en el 7 negro, el 7, jodida bola de mierda hija de puta!

En realidad, da igual. Otra vez estamos montando castillos en el aire: a la Casa se la pela soltar de vez en cuando 350 euros a algún afortunado cabrito (de hecho, conoce la psicología del jugador y su obnubilación con los premios grandes a apuestas timoratas) porque de todas formas, a largo plazo, la Casa lleva las de ganar, otra vez:

350^1/38 - 10^37/38 = -0,526

Y hay más variantes, como "apostar a los ceros" o "apostar a los huérfanos" o "apostar a las viudas", pero créannos cuando decimos que en todos los casos la LGN es maestra y señora. Es imposible reventar la caja jugando a la Ruleta. Y en realidad, sucede lo mismo con todos los juegos de azar de un casino: con el Keno, el BlackJack, los múltiples y bizantinos juegos de Dados, con las Máquinas Tragaperras... el resultado a largo plazo siempre favorece a la Casa. Los consultores son esos tipos o tipas que saben de números y son capaces de diseñar el tinglado de apuestas para que 1) la Casa termine ganando a la larga siempre y 2) el asunto no parezca tan tendencioso como para que hasta el ludópata más terminal pase de apostar. Un hip hip hurra por ellos.

Por regla general, un buen casino recupera entre un uno por ciento y un tres por ciento de la inversión inicial cada año. El beneficio anual del conjunto de casinos legalmente establecidos en el mundo es de miles de millones de euros al año; como negocio, juega al mismo nivel que el tráfico de armas, drogas, especies animales protegidas o seres humanos y la industria del porno. Entidades basadas en el carbono como Sheldon Adelson no son megamultimillonarias por haber tenido potra. Al contrario, lo son porque la Ley es la Ley.

Este tío sabe.

sábado, 18 de enero de 2014

HAUPTMANN VON KÖPENICK

Como ya saben, en este blog abundan las difamaciones, las calumnias y las injurias xenófobas sobre cualquier cultura, nación o etnia que se tercie, y ahora les toca a los alemanes de Alemania. Lo sentimos mucho, pero ¿qué pueden esperar de una mierda de blog? Nada como un comentario insultante para captar la atención de la gente y tal. Y así seguimos con la senda abierta por el gorila prusiano del anterior post.
 
La preguntas son: ¿es cierto que alemanes eran (y quizá sean) unos cabezas cuadradas que no saben componérselas si algo no está en el reglamento o en el manual de instrucciones? ¿Acaso la mística de los uniformes condujo a los hablantes de la bella lengua de Goethe y Goebbels a los desastres de las dos guerras mundiales? Y por último: ¿hay algo más sexy que unas botas de caña alta?
 
 
Colección primavera prêt-a-porter.
 
 
Tantas preguntas y tan poco tiempo. Pero no intentaremos responderlas, sino que nos iremos por los cerros de Úbeda soltando un rollo anecdótico y vagamente bizarro.
 
Resulta que Köpenick era  una tranquila y pequeña urbe sita muy cerca de Berlín (ahora es un simple barrio), en pleno corazón de los terrenos de caza del lobo ario. Y el 16/10/1906 llegó a ese lugar un Hauptmann del Primer Regimiento de la Guardia a Pie (seguro que en alemán suena más impresionante) procedente de la capital. Nada más bajarse del tren detuvo a una compañía de soldados, porque siempre había soldados desfilando arriba y abajo en las ciudades y villas alemanas de aquellos tiempos: eran un poco como las pandillas que hacen botellón de la actualidad. El Hauptmann anónimo ordenó a esos soldados que se pusieran bajo su mando y le siguieran, y los soldados no dudaron un instante en obedecer porque a) era un Hauptmann del Primer Regimiento de la Guardia de a Pie de Berlín y b) eran soldados alemanes. Señorsíseñor, dijeron, y toda la tropa marchó (up, er, aro) hasta el ayuntamiento de Köpenick.
 
Una vez allí, el Hauptmann misterioso pero dotado de la auténtica autoridad entre brusca y paternal (siempre que hablemos de padres orcos) de un Hauptmann del ejército alemán de toda la vida, le dijo al Alcalde que estaba arrestado, y luego fue a la habitación donde se guardaban los dineros de la ciudad de Köpenick (ya que el Alcalde, supongo que con el título honorífico de Herr Doktor von Alcalde o algo así, no había hecho ninguna objeción al arresto). En esa habitación había un policía lamentablemente en estado de dejación de servicio dado que estaba sobando, y el Hauptmann le echó una bronca de campeonato: lo siento, Herr Hauptmann, no volverá  pasar - dijo el policía mientras se ponía en posición de firmes y entrechocaba los talones, ¡tachak! -, por favor sírvase decirme que es lo que desea, Herr Hauptmann asusórdenes. Pues el Hauptmann quería llevarse el dinero del ayuntamiento de Köpenick: tras mandar a un piquete de soldados que escoltaran al perplejo y obediente Alcalde a la estación de tren y lo vigilaran en su viaje a Berlín, donde su caso sería visto por las autoridades competentes, cogió el dinero (cuatro mil marcos del [segundo] Reich más o menos) y luego extendió un recibo que firmó con una excelente floritura digna de los más elevados escalafones del Estado Mayor prusiano. Luego de lo cual ordenó descanso a sus hombres, salió por la puerta haciendo el paso de la oca y desapareció con marcial dignidad.
 
 
Recreación de los hechos.
 
(Huelga decir que durante todo este episodio todo el mundo lleva uniforme: hasta la señora de la limpieza y la cacatúa si las hubiere).
 
Vaya historieta aburrida, ¿a dónde quieres llegar, pesado de los cojones? Estos son los sorprendentes hechos: el Hauptmann no era ni Hauptmann, ni Oberleutant, ni Unteroffizier, ni siquiera un simple privat que pela patatas, sino que se trataba del estafador, ladrón de oportunidad y notorio buscavidas berlinés Friedrich Wilhelm Voigt, sin relación alguna con el ejército alemán o cualquier otro ejército ya que estamos.  Friedrich se había confeccionado a su gusto un vistoso uniforme de capitán de la Guardia usando la muchísima tela feldgrau almacenada en las casas de empeños de Berlín y que se vendía por cuatro chavos. Luego había ido a Köpenick y, sabedor de que un alemán mira antes al uniforme de alguien que a su cara, realizó su paripé maestro. Un verdadero éxito espectacular: tan satisfecho se sintió Friedrich de su hazaña que decidió regresar a la ciudad poco después, ya siendo él mismo, para disfrutar de la confusión que había creado.
 
 
Fotografía policial de Friedrich Wilhelm Voigt,
Adviértase en su fisonomía los rasgos que Lombroso
relacionaba con ser más listo que el hambre.
Fuente: Deutschewiki
 
Pero lo detuvieron y el extravagante Dioni germano de principios del siglo XX fue condenado a cuatro años de prisión. Algunos consideraron su acto un insulto a la patria, y a él un extranjero desvergonzado, y quisieron verlo pudriéndose en el presidio. Pero otros (incluyendo alemanes) encontraron todo el asunto gracioso que te cagas. Por suerte para Friedrich una de las personas que consideró su robo un descojone fue el mismísimo mandamás de Alemania, Friedrich Wilhelm Viktor Albrecht von Hohenzollern, más conocido como Guillermo Dos de Alemania, e incluso más conocido simplemente como el Káiser. "Joder, pero si se llama como yo el cabrón", pensaba el Káiser dándose golpetazos en los gemelos con la fusta, y su buen humor a la hora de considerar el caso predispuso a la mayoría del público alemán en favor del falso capitán de Köpenick. Esto era un poco extraño, porque Guillermo era del tipo de alemán que se ponía uniforme hasta para dormir, y consideraba el ejército prusiano la quintaesencia del espíritu de la gran nación alemana, y nada le gustaba más que ver desfiles, escuchar marchas militares y ver cómo bautizaban acorazados gigantes con botellas de champán. Pero también era un viva la Virgen y le daban venadas, así que abreviando; a Friedrich le rebajaron la pena y además su nombre se hizo muy popular, apareció una biografía suya (bastante edulcorada) que se vendió como salchichas, su jeta aparecía en postales y calendarios, y hasta le hicieron un doppelgänger de cera en el Museo de Madame Tussaud.
 
¿Lo ven? Uniformes y alemanes, como el culo y la mierda. Y colorín colorado, este cuento está kaputt.

- Que nos digan a nosotros lo de los uniformes, ¿eh, mi Führer?
- Ya te digo, Heinrich.
 
 


lunes, 13 de enero de 2014

¡¡¡¡DESTRUYE A ESTE BRUTO LOCO!!!! ¡¡¡ALÍSTATE!!!

Learn NC Multimedia


Cartel de reclutamiento del ejército de los Estados Unidos, año 1917.

Autor: H. R. Hopps.

Los hunos son el gorila zumbao baboso con el garrote. La dama con vestido verde en topless es América, o la Libertad, o la novia de alguien, o un Icono que representa a la novia de todos los buenos hombres de armas temerosos de Dios, o a lo mejor es Europa: no está muy claro. Lo que está claro es que pintar un propietario de ultramarinos, la dueña entrada en años de una pensión o un contable calvo abducido por la bestia no hubiera apelado al target al que va dirigido el cartel (jóvenes varones con la suficiente coordinación mano-ojo como para apretar el gatillo de un fusil Lee Enfield) con la misma fuerza. En el garrote pone KULTUR y hay como sesos en la punta. El gorila ha arrasado la orilla opuesta (véanse las ruinas negruzcas) y cruza el mar en dirección a América. No acude con buenas intenciones.
 
¿No dan ganas de correr hasta el número 660 de la calle Market? ¡Por el amor de Dios, hay que detener a ese puto mono bigotudo como sea! ¡Está rabioso el cabrón y viene a por nuestras novias!
 
Observen la genialidad de la siguiente equivalencia, magistralmente explicitada con los vigorosos trazos de H. R. Hopps:
 
Millones de personas de diferente extracción social, sentimientos y moralidad, incluyendo niños pequeños = un gorila gigante zumbao con pickelhaube.
 
Más que nada, porque conociendo a algunos alemanes de esa época, el hecho de que animalicen su nación (es un verdadero ancestro de King Kong, solo que con bigote), y encima en la figura de un gran simio antropoide, debía de sentar como una patada en las peloten. Lo del garrote KULTUR es la monda: es obvio que para H. R. Hopps lo que los alemanes entendían por cultura no era más que salvajismo, brutalidad, rapacidad, bestialidad, etcétera. ¿Se imaginan que en el garrote estuviera escrito HEGEL, o incluso HAECKEL? Lo cierto es que los alemanes se habían portado muy mal en Bélgica (primero, la invadieron violando su neutralidad; luego saquearon; luego ejecutaron a los "saboteadores" belgas; luego bombardearon iglesias belgas; mientras hacían esto también violaban). Pues está todo bien claro, sí señor.
 
Puntuación: obra maestra.

domingo, 12 de enero de 2014

MOVIMIENTO CAVERNÍCOLA URBANO

Nueva York: megalópolis moderna, la ciudad de los rascacielos y los taxis amarillos, sede de Wall Street y el poder financiero mundial, lugar donde florecen las vanguardias en literatura, cine, pintura, arquitectura y tráfico de órganos; y cuyos territorios aledaños incluyen Nueva Jersey, colonizado por alienígenas con acento italiano. ¡Nueva York, la lengua tiembla al pronunciar tu nombre! ¿Hay una imagen mejor para mostrar a la humanidad lo mucho que ha ascendido/descendido desde sus humildes y peludos orígenes? Pues va a ser que no.
 
Y en Nueva York, más o menos a partir de 2010, también hay putos cavernícolas.
 
Entendámoslo bien. No son cavernícolas-cavernícolas. No viven en cuevas, grutas y árboles huecos. No van a Central Park a matar chihuahuas con lanzas de punta de hueso y luego se comen los chihuahuas crudos. No emigran siguiendo los rebaños de, qué sé yo, gatos asilvestrados. Nada de eso. Por lo general, son tíos (los cavernícolas de 2010 son mayoritariamente tíos) que tienen trabajos bien pagados, conducen coches y teclean con todos los dedos. Son cavernícolas selectivos. Por lo que he podido entender leyendo los pocos artículos que hablan de esta nueva tribu urbana, nunca mejor dicho, acometen su regreso al estilo de vida cro magnon desde un  punto de vista a) espiritual, b) nutricional y c) deportivo.
 
 
Esto es vida, cohone
 
 
Espiritual: para los nostálgicos de la época de cazadores-recolectores, el modo de vida de nuestros ancestros era mucho más montaraz, vital y verdadero que el que surgió tras la aparición de la agricultura, las ciudades y los peajes de autopista. Nuestros antepasados eran tipos recios, que sabían hacer frente a la dura existencia pre iPad con ingenio, fortaleza, camaradería, sinceridad y constante tesón. Vivían en la Naturaleza libre y salvaje, y estaban en comunión con ella (¿cómo si no se puede sobrevivir a las glaciaciones y a la depredación por hienas?). Para los cavernícolas de NY los modernos habitantes de las ciudades-hormiguero somos blandos, pálidos semihumanos que se parten como ramitas a la menor dificultad. Somos esclavos de trabajos alienantes y debemos obediencia ciega a siniestros parásitos encarnados en el Estado, la Iglesia y el Fisco. ¡Somos unos mariquitas postneolíticos! Ser cavernícola es ser un hombre de verdad. O mujer, supongo.


Reacción de un transhumanista al conocer el
Movimiento Cavernícola Urbano
 
 
¿Ya hemos dicho que los urbanitas cavernícolas son casi todos de cromosoma xy? ¿Machotes aficionados a la vida sana, la caza, el vello facial y las sentadillas?
 
Nutricional: por lo general, los adscritos al MCU siguen la llamada paleodieta. Se trata de partir del axioma de que nuestros antepasados eran más fuertes y estaban más sanos que nosotros, y concluir que lo que nos hacía más fuertes y saludables era lo que comíamos. Otros factores no se tienen en consideración: ¿en el paleolítico la tasa de mortalidad infantil se salía de la escala? Carajo, pero los que sobrevivían comían de puta madre. El hecho de que la esperanza de vida media de un Homo sapiens de hace ciento veinticinco mil años fuera de unos treinta tacos no parece tener demasiada importancia en este contexto. Por lo general, los MCU consumen cosas que se supone consumían los verdaderos cavernícolas: carne de caza (como carne de ciervo y de aves), pescados y cierta variedad de vegetales, tubérculos y frutas. Se abstienen de devorar todo lo que nos ha ofrecido la agricultura: en primer lugar, nada de cereales y legumbres; desde luego, el pan es anatema; por supuesto, la sal está prohibida y el azúcar es blasfemo. Son un poco como los Greyjoy: no siembran.  A lo hora de hacerse con las viandas, los cavernícolas rurales lo tienen más fácil que los urbanos, pero éstos se las apañan con escapadas al campo escopeta en ristre (o arco y lanza si son de la variante hard), o bien hacen tratos con comerciantes de productos orgánicos. Como suelen abominar de cosas como la nevera, un cavernícola urbano mantendrá sus alimentos sagrados en una enorme cámara de frío de varios cientos de dólares y dejará que las latas de cerveza se enfríen agradablemente sumergidas en la heladora corriente del borboteante manantial, como se hacía antaño, en la época de los mamuts. Desde luego, los cavernícolas de siglo XXI ayunan entre cada consumo gargantuesco de carne, debido a que sus maestros unga unga pasaban mucho tiempo sin comer nada entre ingesta e ingesta.
 
 
El cavernícola urbano John Durant
guarda su preciosa paleocomida envuelta
en plástico.
Fuente: New York Times
 
 
Hay grandes polémicas nutricionales entre los diversos grupúsculos de cavernícolas modernos, por ejemplo en torno al tomate. ¿Se debe o no se debe comer tomate, un producto originario del Nuevo Mundo que los cro magnon franceses no conocían? Y la carne de ciervo, ¿se come cruda o se le da una pasada por el fuego? Hay una escala de compromiso cavernícola que va desde el primitivo de fin de semana hasta el loco de las coles que sacrifica su salud y su vida social en su búsqueda contra viento y marea del ideal paleolítico. Sin embargo, todos están de acuerdo en considerar a los veganos como unos pobres infelices con la cabeza llena de pájaros que no pueden comer.
 
De este modo, afirman que su dieta basada en el consumo de proteínas y el ayuno es mucho mejor que cualquier otra y que eso hace que un hombre de verdad sea capaz de partirle el cuello a un oso cavernario de un rodillazo y pasar por la vida sin pillar un triste resfriado.

Por lo visto, todo este rollo de la paleodieta nació como uno de los muchos revolucionarios métodos que gañanes, aventureros comerciales y estafadores de bata blanca intentaban vender a los trofollos del mundo para que bajaran esos kilitos de más. Posteriormente los MCU lo han adoptado al parecer porque contiene el prefijo paleo-, que significa "antiguo". Desgraciada o afortunadamente, los cavernícolas urbanos ignoran (o prefieren ignorar) que en la auténtica paleodieta las cosas no eran exactamente así. No hay suficientes evidencias arqueológicas como para que se sepa realmente cuál era la dieta de los hombres prehistóricos, aunque parece claro que cuando éramos cazadores-recolectores se comía cuando se podía, cierto, pero no para adelgazar si no porque no había otra, amigos. Y debía ser relativamente raro que un paleolítico de interior comiera ciervo todos los putos días: era más habitual comer musarañas, comadrejas, hurones, ratones y ardillas, en fin, caza muy menor. Estas proteínas se aderezaban básicamente con todo lo que pudiera pillarse, y aquí incluimos lagartos, escarabajos, carroña, riñones y estómagos de animales, y de vez en cuando la pierna de un compadre de la cueva que la había espichado. Y hay evidencias de que los cazadores-.recolectores plantaban de vez en cuando. Y no olvidemos que había una amplia variedad de ecosistemas en los que vivíamos otrora, así que deben esperarse grandes variaciones locales en los modos de costearse la manduca. Así que todo ese rollo de cámaras de frío y fuertes bíceps y barbas neandertales es un poco bluff si al mismo tiempo no tienes cojones de tragar lombrices y mollejas humanas.
 
Deportivo: centrémonos en Monsieur Erwan Le Corre, francés de las cavernas que propugna una especie de fitness Pedro Picapiedra basado en retiros a lugares salvajes en los que saltar precipicios lanzando gritos primarios, deambular entre los matorrales a cuatro patas y juguetear con cantos rodados. Él lo llama natural mouvement y en diversos foros afirma que su método hace que los machos alfa de cada comunidad puedan desarrollar las habilidades básicas que todo macho alfa debería tener. Es decir, a la hora de prosperar en este mundo, dice Le Corre, lo mejor es salir a correr descalzo una gélida noche de invierno. Uno se pregunta si los antepasados de las grutas se pasaban el día corriendo y pegando gritos y jugando al fútbol con esteatitas, pero aunque fuera así, ¿es algo que sea recomendable que figure en un curriculum vitae? Y bueno, en USA nacieron hace nada unos programas de ejercicios radicales llamados CrossFit en los que se alienta a sus usuarios a usar paleodietas e incluyen todo tipo de paleoejercicios y difunden una suerte de paleoideología de colchoneta con olor a pies (aunque cobran en dólares estadounidenses respaldados por la Reserva Federal). Y ahora se está extendiendo por el mundo entero como un puto virus.
 
 
Erwan le Corre y un cacho tronco.
De su web oficial.
 
 
Los cavernícolas "suaves" prefieren caminar. Cifran en el hecho de caminar de un lado a otro prácticamente el secreto de la felicidad.  Uno de los más notorios usuarios del autobús de San Fernando es Nassim Taleb, un inversor en bolsa y reputado escritor de bestsellers y creador de la teoría del Cisne Negro. Deben haber otros por ahí. Aunque a lo mejor no tienen una cuenta corriente tan abultada como la del creador de la teoría del Cisne Negro Nassim Taleb.
 
 
Nassim Nicholas Taleb:
"Andando es como los humanos se hicieron humanos".
Seguido por: "Durmiendo en cochiqueras es como los cerdos
se hicieron cerdos".
 
 
Pues nada, el Movimiento Cavernícola Urbano chana que te cagas. Pero eso sí, cuevas con wifi, por favor.

TRANSHUMANISMO, SINGULARIDAD, INMORTALIDAD, BLABLABLÁ

Dicho en plata, el transhumanismo es un movimiento futurista que considera que ya es hora de que la humanidad se plantee el próximo paso en la evolución. Es decir, creen que en un futuro cercano los seres humanos serán capaces de superar su biología gracias al desarrollo de tecnologías hoy embrionarias como la Inteligencia Artificial Fuerte (máquinas conscientes de sí mismas e igual o más inteligentes que la mera carne), la ingeniería genética, la cibernética, la nanotecnología, la criogenia y la hostia en verso. Y además creen que todo eso será bueno.

Según los transhumanistas, para el año 2080 la
capacidad computacional de los ordenadores será
equivalente a la de todos los cerebros humanos. Para 1990
ya superaba a la de las libélulas. Curioso, porque en la actualidad los
programas IA apenas son tan listos como una libélula.
Entonces, ¿es tan jodidamente importante la capacidad
para manipular ceros y unos a la hora de crear inteligencia real?
Fuente: culturamas


Desde luego, desde 2001 a Matrix, la cultura popular de masas siempre ha optado por la idea de que eso será muy malo. Y hay una cierta cantidad de escépticos que dicen que esto es una chorrada, basándose sobre todo en la triste historia de fracasos del programa del desarrollo de la IA fuerte: por mucho que se empeñen los gurús de Silicon Valley, no se ha construido ni posiblemente se construirá en un futuro cercano un ordenador capaz de mostrar la misma inteligencia que mi abuela del pueblo. ¿Quién lleva la razón? Los H + afirman que en el pasado muchas predicciones tecnológicas que se dijeron imposibles que te cagas (verbigracia, poner el pie en la Luna o plantar maíz transgénico) resulta que, caramba, dieron en el clavo. Por lo tanto, lo que ellos dicen que pasará puede pasar. Y no dejan de parir gráficos muy chulos y complejísimos textos para dar a entender que no es que pueda pasar, sino que pasará. Mirad, dicen, ahora es posible implantar prótesis en soldados mutilados capaces de recibir señales de las neuronas motoras de dichos soldados; dentro de un puñado de años, podremos hacer no solamente eso, sino volcar la mente de cualquiera en una supercomputadora y hacer que esa mente viva forever and ever en un entorno de realidad virtual no muy distinto del Jardín del Edén. ¡Ya no habrá enfermedades, ni guerras, ni intolerancia, ni odio, ni gente fea! ¡Viva!


Neil Harbisson: el primer cyborg con carnet.
Este artista británico ciego al color dispone
de un dispositivo protésico llamado eyeborg,
que lleva implantado en la cabeza, y
que le permite distinguir colores.
Harbisson ha conseguido ser considerado por
el estado británico como cyborg (no se permitía a personas
como Neil entrar en instituciones públicas debido al
cacharro de la cabeza) y en su documento de identidad
figura por primera vez con su dispositivo.
Además de artista, Harbisson ha emprendido una
campaña para ayudar a mejorar los derechos de otros cyborgs británicos.
Fuente: io9

Soñar es gratis. El credo transhumanista afirma que avance tecnológico = progreso científico. Esto no es necesariamente así. Veamos:
Uno de los sueños de los transhumanistas es la Emulación Cerebral Completa (ECC), que consiste en coger un cerebro con sus tropecientos mil trillones de neuronas y con todo lo que esas neuronas hacen y copiarlo en un Mac (exageramos, claro: sería una computadora de tipo muy diferente a las actuales, quizá algo cuántico y todo). Con esto, dicen, se liberaría nuestro atributo más importante (lo que nos hace humanos y no chimpancés haciéndose pajas todo el día allá en la selva) de la tiranía de la selección natural y sus instintos constrictores. Y no olvidemos lo fácil que sería ir mejorando el modelo con cosas como Mente 2.0 o Mente Vista o Mente 5S. Luego podríamos vincular esta copia a un envoltorio resistente (por ejemplo, una bola de cromo con cuchillas, ¿por qué no?, o un Furby) y, en teoría, vivir como una mente sin cuerpo para los siglos de los siglos.
Con respecto a este puntal básico del transhumanismo las objeciones son tremendas. Y no tenemos por qué salir del materialismo mecanicista descarnado para criticar tales aspiraciones.  Uno: los cerebros no son computadoras, por mucho que Kurzweil, el cerebro del sistema Unix Bill Joy y el dueño de PayPal Peter Thiel quieran que nos lo creamos. Dos: ni siquiera sabemos qué son los cerebros y cómo hacen lo que hacen: los popes del transhumanismo quizá deberían escuchar esta humilde conclusión de la neurobiología corriente y moliente (los transhumanistas tienden a tildar a los diseccionadores de sesos como señoritingos llorones, incapaces de desprenderse del ya viejo miedo a las máquinas). Tres: con la tecnología actual, la ECC es imposible, y no hay seguridad de que en un futuro próximo tal complejidad (y coste) pueda asumirse. En la actualidad, los métodos de escaneo del cerebro se basan en el análisis de regiones macroscópicas del mismo (imágenes funcionales por resonancia magnética verbigracia); si bien existen algunos avances en la proyección de imágenes asociadas a una única neurona, la técnica es primitiva por decirlo con suavidad. Y además hace necesaria la destrucción de tejido nervioso, por lo que solamente se ha usado en ratas, con lo que no inspira un cegador entusiasmo precisamente. Cuatro: supongamos que pese a todo conseguimos emular completamente la mente, la conciencia o el je ne sais quoi de Fulanito en un soporte informático. En ese caso, deberíamos ser capaces de ejecutar ese programa, y, entonces... ¿dicho programa seguiría siendo Fulanito? ¿Una copia de algo pensante es capaz de pensar? ¿La copia de un individuo sigue siendo un individuo? Se trata de una objeción filosófica con varios añitos y que deja perpleja a mucha gente mucho más lista que yo. Pese a todas estas objeciones, el director del Programa Blue Brain Project, Henry Mackram, dijo en 2009 que construir un ordenador capaz de albergar una mente humana y emular sus procesos con una fidelidad absoluta sería cosa de una década (por lo visto, semejante artefacto necesitaría una capacidad de almacenamiento de 500 petabytes, y mantenerlo en modo "demostración" haría uso de un mantenimiento energético cuyo coste superaría los tres mil millones de dólares) lo que posiblemente convierte a Henry Mackram en un incorregible optimista.

"Es hora de desfasar"
Analicemos ahora una palabra tótem para esta pandilla: ellos creen que llegará un momento de un no-muy-distante-futuro en el que las máquinas diseñadas por los humanos igualarán, y luego superarán, la inteligencia de sus creadores, y a ese nebuloso momento lo llaman singularidad tecnológica u otros términos rimbombantes por el estilo. Posiblemente el primer tipo que habló de esta posibilidad (o hecho que necesariamente ha de producirse, según los transhumanistas) fue el matemático húngaro-estadounidense John von Neumann (aunque la idea fue muy popularizada entre los nerds del mundo por el escritor de ciencia ficción Vernor Vinge). El punto clave del concepto es que cuando ocurra o si ocurre eso el género humano perderá el control sobre las inteligencias artificiales y el desarrollo posterior de las mismas ya no estará en nuestras manos. Bien, el problema es que, aun admitiendo que una IA de este estilo podría surgir en un momento dado (ver más arriba para ver los problemas que encierra esto), muchos transhumanistas lo han mezclado con el resto de sus paranoias. Hablan no solamente de singularidad en el desarrollo de la IA (que es su sentido original) sino de singularidad económica, singularidad nanotecnológica, singularidad pokémon y todo lo que se nos ocurra. Hablan de gente fusionada con las máquinas, hablan de gente con esperanza de vida notoriamente alargada, hablan de gente provista con los poderes de los dioses. Nyet: es posible que un grupo conectado en red de programas semi-inteligentes usados con fines militares o como administradores de grandes volúmenes de datos llegue algún día a volverse autónomo, pero eso no significa ni que sea consciente (que haya alguien en casa), ni que sea amigable (u hostil) hacia los carnosos, ni que sea capaz de acometer la ECC, ni que nos otorgue la divinidad posthumana.
Friendly AI

Sería más bien como un mega programa de ajedrez estilo Deep Blue pero más sofisticado y punto. En resumidas cuentas, hacer cualquier predicción afirmando que algo va a suceder no lo hace inevitable.
Con respecto a las pretensiones de los transhumanistas en el sentido de que la tecnología protésica, la nanotecnología, la criogenia y otras novedosas técnicas basadas en las máquinas nos van a hacer muy longevos y muy felices, mejor cogerlas con pinzas. Es habitual que los transhumanistas respondan a cualquier objeción sobre sus fantasías biogerontológicas exclamando "¡Nanobots!" para luego vomitarte una interminable retahíla de datos de complejidad bizantina acerca de motores moleculares, constante de Plank, replicadores de Von Neumann y demás mandanga que recuerdan sospechosamente a la graciosa jerga que emplean en Star Trek. La nanotecnología está llena de promesas, pero también de grandes problemas técnicos y por descontado abundan los delirios y el vaporware. La criogenia es hoy por hoy algo muy parecido a un callejón con una salida muy, muy pequeña,  y lo poco que puede conseguirse cuesta mogollón de pasta.
Y caray, además de los problemas puramente filosóficos y técnicos, también se han vertido críticas hacia el movimiento H + desde el ámbito de la ética y la política. El mismísimo Francis Fukuyama considera que el trashumanismo es la idea más peligrosa que corre suelta por ahí; otros alertan sobre la posible connivencia de intereses entre los foros transhumanistas y las grandes corporaciones y el estamento militar; para algunos no es más que una pandilla de mafiosos tecno-libertarios afincados en el Valle del Silicio, pandilla con inclinaciones eugenésicas; se ha llegado a hablar de totalitarismo cibernético.


Para terminar: si bien las predicciones de los transhumanistas pueden estar basadas en desarrollos factibles de la tecnología actual, eso no significa necesariamente a) que vayan a producirse las cosas que afirman que se producirán b) que su discurso esté basado enteramente en posibilidades científicamente válidas y no contenga buenas dosis de fe y c) que, en el caso de que ocurra la singularidad, Skynet no nos mate a todos. Andaremos y veremos.
El logo de los transhumanistas.
Fuente: rationalwiki